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Entrevista con Louise Arbour

Louise Arbour

“La solidaridad Norte-Sur es clave”

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Louise Arbour posee una larga trayectoria como defensora de derechos humanos. Ejerció en la Corte Suprema de Ontario, fue Fiscal Jefe del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia y del Tribunal Penal Internacional para Ruanda (1996-1999), así como miembro de la Corte Suprema de Canadá (1999-2004). En 2004, Arbour fue nombrada Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, cargo que ocupó hasta 2008. Desde 2009, es Presidenta y Directora Ejecutiva de International Crisis Group, una organización no gubernamental, independiente y sin fines de lucro, comprometida con la prevención y la resolución de conflictos graves.

Pese a ser alguien con un historial “institucional” tan amplio, Arbour se muestra sorprendentemente crítica con el marco internacional de derechos humanos, el cual, en su opinión, es “muy débil” y está atrapado en una “adicción al establecimiento de normas” en lugar de centrarse en su aplicación. El problema, según Arbour, es que “[el Consejo de Derechos Humanos] es un organismo de los Estados, en el que cada Estado busca invariablemente promover sus propios intereses, mediante alianzas, compensaciones y demás”. En este contexto, lamenta que no haya suficientes avances para establecer un tribunal internacional permanente de derechos humanos, al tiempo que concluye pragmáticamente que dicho tribunal “está muy lejos de lograrse y es muy poco probable que se concrete”. Recientemente, ella hizo un llamamiento a favor de una “primavera de Nueva York y Ginebra”, “algo que cuestione todo el sistema de forma mucho más profunda, al igual que el movimiento que se inició en Túnez y se extendió luego a través del mundo árabe, y que supuso un desafío real desde la sociedad civil hacia un orden político total”.

Sin embargo, la pragmática ex Alta Comisionada cree que la reforma institucional no debe convertirse en una prioridad de los defensores de derechos humanos, puesto que “está muy lejos de lograrse y es muy poco probable que se concrete”. Pero advierte que “puede que llegue un momento en que la gente le dé la espalda a la agenda de derechos humanos, por su lentitud para producir resultados, o la considere de una forma mucho más radical”.

Según Arbour, las ONG internacionales deben “tener cuidado en no dejarse arrastrar por ese entorno doctrinal y normativo y han de seguir muy asentadas en el trabajo sobre el terreno”. Para ella, las organizaciones del Norte deben estar dispuestas a compartir sus recursos con sus contrapartes del Sur, que “pueden mostrar una mejor comprensión del contexto en que ha de tener lugar la promoción y protección de los derechos humanos”. Esta solidaridad Norte-Sur no solo ayudaría a la protección real de los derechos humanos, sino que también “haría retroceder la afirmación de que el movimiento de derechos humanos, pese a su universalidad, es en realidad un concepto occidental que fomenta la visión cultural occidental sobre el mundo”.

Lea a continuación la entrevista completa con Louise Arbour, en la cual también trata temas como la necesidad de que los defensores de derechos humanos se ocupen de algunas cuestiones de actualidad, tal como los derechos LGBT y se centren en hacer avanzar la agenda de derechos humanos con los Estados abiertos a mejorar esas normas, en lugar de denunciar y censurar a los infractores o suavizar las normas para incluir a los países resistentes. “Si hubiera que encontrar un modelo que hiciera que Corea del Norte se convirtiera en un país plenamente basado en los derechos humanos, yo no mantendría como rehén a todo el sistema a la espera de que eso sucediera”.

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Conectas Derechos Humanos • Usted afirmó recientemente que, pese a los desafíos constantes para la universalidad en nuestro mundo multipolar actual, una de las grandes fuerzas unificadoras ha sido el marco internacional de derechos humanos. ¿Quiere decir que usted cree que los derechos humanos siguen siendo un lenguaje eficaz para producir el cambio social?

Louise Arbour • Sí. Creo que el marco internacional de derechos humanos ha sido muy útil. De hecho, ha servido de inspiración para elaborar constituciones y leyes en numerosos países, en algunos casos de manera muy directa. Por lo tanto, ha tenido influencia. Su defensa de una cierta universalidad e indivisibilidad de los derechos también ha hecho que se dé un diálogo internacional muy unificador. Pero también ha sufrido algunos retrocesos. El principal ha sido que en la última década, el marco internacional de derechos humanos se ha visto atrapado en una adicción al establecimiento de normas, frente a los defensores de derechos humanos en el país. Y eso creo que de cierta manera no ha sido muy útil, sobre todo porque todo se hace a costa de otra cosa.

Ha habido algunas nuevas iniciativas normativas importantes como por ejemplo, la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Por tanto, no pretendo decir que todo el entorno normativo haya sido negativo. Pero, en Ginebra, hay una gran desproporción de esfuerzos hacia el perfeccionamiento de las normas y los instrumentos y protocolos en detrimento de la aplicación efectiva de los derechos de las personas sobre el terreno.

Una segunda observación, y ahí yace probablemente el mayor desafío pendiente —que permanecerá durante mucho tiempo—, es que las instituciones internacionales de protección de derechos humanos son muy débiles. Son esencialmente el Consejo de Derechos Humanos, con sus diversos mecanismos, y también en cierta medida el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en los casos más extremos. Ambos son órganos de los Estados, en que los Estados negocian según sus intereses. Así que, si los comparamos con las verdaderas instituciones de protección de derechos humanos, como los tribunales —no solo los tribunales nacionales, sino también el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y la Corte Interamericana de Derechos Humanos—, no vemos nada así en el ámbito internacional. Además, mientras sigamos en esa situación, la aplicación real siempre será deficiente.

Creo que la gran fuerza del marco internacional de derechos humanos es la comunidad de la sociedad civil de defensores de derechos humanos, de diversas organizaciones no gubernamentales, tanto internacionales como nacionales. Creo que son el corazón y los pulmones del movimiento de derechos humanos.

Conectas • ¿De qué manera cree que podrían influir esas organizaciones y defensores en el marco internacional de derechos humanos para que se centre más en la aplicación que en el establecimiento de normas? ¿Cuál es el papel de la sociedad civil en el marco internacional de derechos humanos? ¿Tiene un papel?

L.A. • Creo que sí tiene un papel, evidentemente. Las ONG internacionales deben tener cuidado para no dejarse arrastrar por ese entorno doctrinal y normativo y han de seguir extremadamente arraigadas en el trabajo sobre el terreno. Esa es la clave. Para las grandes ONG internacionales de derechos humanos, es fundamental asociarse con actores nacionales y es ahí, donde puede empezar a sentirse la influencia real. No solo porque las violaciones de derechos humanos se dan en un contexto muy concreto y local, y son los actores locales los que mejor saben de qué manera se puede avanzar y cómo hacer frente a estas cuestiones, sino también porque si hay una mayor cohesión entre las ONG internacionales y locales, a la larga, eso disipará las afirmaciones de algunos de que el movimiento de derechos humanos es esencialmente un programa dominado por Occidente. Y que en este sentido, sirve en buena medida a intereses occidentales, intereses culturales y, posiblemente, también económicos. Creo que las alianzas y una mayor solidaridad Norte-Sur ayudarán a rechazar la afirmación de que el movimiento de derechos humanos, pese a su universalidad, es en realidad un concepto occidental que fomenta la visión cultural occidental sobre el mundo.

Conectas • ¿Cree usted que el Examen Periódico Universal (EPU) ha sido capaz de incorporar las opiniones de la sociedad civil en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas? Las ONG se han estado quejando de que sus comentarios no se toman realmente en cuenta. ¿Qué opina usted al respecto?

L.A. • Yo era la Alta Comisionada cuando se puso en marcha el EPU. La verdadera idea motriz por detrás del EPU era la idea del examen universal. Antes de que el Consejo de Derechos Humanos y el EPU existieran, parte de esa afirmación de que el sistema de derechos humanos era realmente un sistema dominado por Occidente se oía en un gran número de países que consideraban que la Comisión de Derechos Humanos había sido muy selectiva y sesgada. Otra idea que flotaba en el ambiente en aquel entonces era la idea de la composición universal del Consejo de Derechos Humanos, aunque no recabó mucho interés. Así que la solución de compromiso encontrada fue que en el EPU, todos los países, no solo Bielorrusia y Cuba, debían ser objeto de investigación; había que examinar los antecedentes en materia de derechos humanos de todos. Pero mi posición siempre ha sido que no resulta útil comparar a un país con otro; no es útil comparar a Noruega con Venezuela o a Rusia con Bolivia. Lo que es útil es comparar a cada país respecto a sus propios antecedentes, para ver si podemos medir el progreso, la regresión o el estancamiento. De eso se trataba y, por supuesto, la participación de la sociedad civil era un vehículo por el que podía realizarse dicha medición de manera fiable, comparando la situación presente del país con su situación pasada.

Además, siempre he dicho que necesitaremos dos ciclos completos del EPU antes de poder medir si está teniendo algún impacto, ya que la primera vez los países asumen compromisos y se toman al pie de la letra. Es en la segunda revisión cuando realmente podemos empezar a medir si ha funcionado.

Al fin y al cabo, se trata de lo que decía antes: el Consejo de Derechos Humanos es un organismo de los Estados, en el que cada Estado busca promover sus propios intereses, mediante alianzas, compensaciones y demás. Y eso, es una limitación inherente a la utilidad de todo ese ejercicio, y algo que nunca se superará.

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Conectas • En cuanto al establecimiento de normas, que ha sido y continúa siendo muy importante, usted ha mencionado la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Sin embargo, un estudio reciente ha concluido que los mecanismos normativos solo se ponen en práctica en los países que previamente se muestran a favor de tales causas o que ya contaban con mecanismos nacionales de derechos humanos, y que en realidad, no conllevan cambios en los países completamente impermeables a esos temas. Tales resultados son controvertidos y algunos sostienen que, incluso aunque no produzcan resultados concretos, hacen avanzar la agenda y crean un terreno fértil para que la sociedad civil presione al próximo gobierno para que firme esos mecanismos. ¿Qué opina al respecto?

L.A. • Creo que la pregunta es: ¿comparados con qué? En el caso de los países que son completamente resistentes a cualquier progreso en materia de derechos humanos, ya sea en materia de derechos civiles y políticos o de derechos económicos y sociales, hay limitaciones en el sistema político y jurídico internacional respecto a estos países. Aparte de la acción del Consejo de Seguridad en virtud del Capítulo 7 de la Carta de las Naciones Unidas como guardián de la paz y la seguridad internacionales, no existe ningún mecanismo enérgico coercitivo de aplicación, ni siquiera para los países que sí han ratificado los tratados. Por tanto, hay un debate razonable sobre si es más factible lograr que los países hagan algo que realmente no quieren hacer mediante alguna forma de coacción política, como denunciar y censurar, o bien por el aislamiento y sanciones, o tratando de encontrar la manera de hacerlo más atractivo para que se unan a cierto consenso y sean parte de una comunidad. Se trata de estrategias básicamente diferentes para compensar el hecho de que no se puede obligar a los países a cumplir los compromisos que han contraído.
Creo que, en general, es probable que sea más productivo tratar de perfeccionar las normas, reafirmarlas y tratar de atraer a otros para que se unan a ellas. Y es cierto, que eso solo sucede entre comunidades o países que ya están comprometidos con la agenda general. En cierto sentido, creo que es mejor hacer que todo el mundo avance dentro de esta agenda positiva, incluso si eso significa que no tengamos muchos resultados que mostrar respecto a quienes hayan sido dejados totalmente al margen. Si hubiera que encontrar el modelo que hiciera que Corea del Norte se convirtiera en un país plenamente basado en los derechos humanos, yo no mantendría como rehén a todo el sistema a la espera de que eso sucediera. Asimismo, si tomamos el tema de los derechos indígenas, por ejemplo, creo que es mejor trabajar con los que tratan de participar y refinar el pensamiento al respecto, con los países que al menos han expresado públicamente una disposición positiva hacia el progreso. Es una inversión mejor.

Conectas • Me gustaría plantearle una pregunta sobre la solidaridad Norte-Sur. A veces vemos una competición entre organizaciones de derechos humanos del Norte y del Sur para ver quién es más influyente, quién recauda más fondos, etc. ¿De qué manera cree que las organizaciones del Norte y del Sur podrían trabajar de forma complementaria en lugar de competir en materia de recursos e influencia?

L.A. • En primer lugar, creo que esa competición por los recursos es muy real —obviamente, las ONG tienen que obtener financiación— y, en general, resulta muy perjudicial. Además, la agresiva búsqueda de recursos juega a favor de muchos gobiernos, especialmente del Sur, muchos de ellos de África, que afirman que el trabajo realizado por las ONG de derechos humanos —en particular de las ONG internacionales e incluso por parte de algunos actores humanitarios— es básicamente un tipo de iniciativa de autopromoción. Es decir, que necesitan demostrar que el país está mal a fin de generar más dinero, contratar a más personas para hacer más trabajo, quienes luego dirán que el país sigue estando muy mal con el fin de conseguir más dinero. Ven eso como una industria. Además creo que la competencia agresiva por los recursos alimenta ese discurso, y ayuda muy poco.

En segundo lugar, me parece francamente que al final, las principales fuentes de financiación están en el Norte. Por ello, las ONG que vienen del Norte y tienen acceso a esos fondos han de mostrarse muy abiertas a crear alianzas, compartir y apoyar a quienes están mucho más cerca sobre el terreno, que conocen mucho mejor el contexto en que ha de darse la promoción y la protección de los derechos humanos.

La conclusión es que, para ese tipo de solidaridad Norte-Sur, las ONG internacionales del Norte tienen la responsabilidad de estar mucho más atentas a las necesidades… no me gusta la expresión “desarrollo de capacidades” porque siempre la utilizan los gobiernos para evitar hacer algo que no desean hacer, pero diría que es responsabilidad del Norte fomentar un mayor intercambio de conocimientos y recursos entre los movimientos de la sociedad civil que tendrían una influencia mucho mayor si contaran con más capacidad.

Por otro lado, aunque entiendo perfectamente las limitaciones de la capacidad de las ONG del Sur, creo que al mismo tiempo convendría que estas procuraran internacionalizar sus esfuerzos, puesto que cuanto más estrecho sea el alcance de sus proyectos, más difícil les resultará crear asociaciones con una comunidad más amplia.

Le voy a citar como ejemplo algo en que estoy trabajando actualmente, no estrictamente como una cuestión de derechos humanos, sino desde la perspectiva de la prevención de conflictos pero que es igualmente aplicable. Es el caso de Sri Lanka. En 2010, en el International Crisis Group publicamos un informe que documentó crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad a gran escala. En él, se apuntaba que entre 30.000 y 40.000 personas fueron asesinadas cuando el gobierno concluyó la guerra contra los Tigres de Liberación del Ealam Tamil (TLET). Hemos estado trabajando en este caso desde entonces, tratando de impulsar una verdadera rendición de cuentas, hacia una Comisión Internacional de Investigación. El gobierno siempre ha afirmado que lo harían ellos mismos, pero obviamente no han hecho absolutamente nada. El problema se plantea todos los años en el Consejo de Derechos Humanos, pero es muy difícil movilizar a los países del Sur, puesto que el gobierno de Sri Lanka tiene una campaña diplomática muy enérgica para tratar de contar con el apoyo de los países del Sur. Así que este es un ejemplo de situación que se hace mucho más difícil porque la mayoría de las ONG que trabajan en el Sur se ocupan de asuntos internos. Claro que ni saben ni pueden saber nada acerca de Sri Lanka, y eso supone en mi opinión un gran inconveniente, porque entonces parece nuevamente que todas las grandes ONG internacionales del Norte son quienes se entrometen con el pobre y pequeño Sri Lanka. De esta manera, es muy difícil movilizar al Sur Global a través de sus actores de la sociedad civil de derechos humanos para que participen en este tema.

Conectas • Nosotros tenemos la sensación de que los académicos y las ONG del Norte suelen sentirse con derecho a hablar acerca de problemas de todo el mundo, incluso aunque no estén sobre el terreno ni sean muy expertos en el tema. Si, por ejemplo, se trata de cuestiones de derechos humanos y obtienen informes de una organización local, o aunque reciban la información por otra vía, sienten que pueden hablar sobre ello y presionar a los gobiernos a actuar al respecto. En cambio, los académicos y las ONG del Sur se sienten incómodos al hablar de violaciones que suceden en otros países. Nos cuesta mucho encontrar a académicos del Sur que quieran divulgar conceptos, identificar tendencias o hablar sobre problemas que no sean estrictamente nacionales. Hablar de Sri Lanka desde Brasil… ¿qué sabemos al respecto? Necesitaríamos tener una red mucho más fuerte para saber lo que realmente sucede allí. Y eso es lo que tratamos de hacer, pero resulta difícil.

L.A. • Cierto, y reitero que me parece un auténtico reto para las ONG del Sur el hecho de desarrollar alianzas Sur-Sur. Hay excelentes ONG si se quiere entender la situación en Sri Lanka, o al menos sentirse lo suficientemente seguros de que es posible movilizarse en apoyo de los defensores de derechos humanos en Sri Lanka. Para ello, lo que hay que hacer es identificar a asociados en quienes se confíe. Ahora bien, se necesita tiempo para construir esas alianzas, pero no hace falta limitarse a Human Rights Watch, Amnistía Internacional o las grandes ONG internacionales.

Sé que resulta muy difícil, debido a que en muchas regiones del mundo, especialmente en Asia, hay muy pocas organizaciones regionales. Así, se va desde Ginebra, básicamente desde el nivel del marco internacional, directamente hasta el nivel de país. Hay poco donde apoyarse en el ámbito regional o subregional. Quizá haya un poco más en África. Por su parte, América Latina tiene cierta homogeneidad lingüística —no del todo, sé que Brasil es diferente— y existe un determinado discurso reciente razonablemente coherente, en particular sobre los derechos civiles y políticos. Hay mucho que hacer.

Así que entiendo completamente por qué no está sucediendo. Como cada vez hablamos más sobre el mundo interconectado, al tiempo se socava la credibilidad de las ONG internacionales occidentales que hablan sobre Afganistán, Pakistán, Sri Lanka y Guinea-Bissau, ya que nunca se oye la voz de sus pares de, por ejemplo, América Latina o Asia movilizándose en torno a esas cuestiones.

Los gobiernos son muy buenos al respecto y no tienen ninguna dificultad para movilizar apoyos, y es así que existen muchos gobiernos que apoyan a Sri Lanka. Ellos no saben más que usted acerca de lo que realmente sucede en ese país, pero simplemente deciden creer lo que les cuenta el gobierno de Sri Lanka.
Así que creo que desarrollar esa capacidad supondrá dar un gran paso para contribuir al avance de los derechos humanos en los países donde resulta particularmente difícil a los defensores locales de derechos humanos hacerlo por su cuenta. Por decirlo de otro modo: al gobierno esrilanqués le resulta mucho más fácil rechazar a Europa con las acusaciones habituales de neocolonialismo que hacerlo con las comunidades del Sur.

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Conectas • Pero uno puede encontrar una cierta resistencia dentro de su propio país. Por ejemplo, Conectas ha estado trabajando con Corea del Norte, Irán, Siria, y nos deparamos con una resistencia de la sociedad civil brasileña, que decía: “Si tenemos tantos problemas, ¿por qué se preocupan de Corea del Norte? Fijémonos en nuestros propios problemas, presionemos al gobierno para abordar la cuestión de las cárceles y las torturas en vez de usar su influencia para hablar de Irán”.

L.A. • Si se ocupan de cuestiones de importancia menor, podrían sorprenderse bastante viendo como pueden ejercer un impacto real. Por ejemplo, en algunos países de África occidental donde Brasil tiene una gran influencia económica y política como país, y una verdadera presencia. Por tanto, si los actores de la sociedad civil brasileña comenzaran a agitar sobre estos temas, en los cuales su propio gobierno y su sector privado industrial tienen un interés, entonces, de repente, tendrían una influencia realmente mucho mayor en Guinea-Bissau o en el Golfo de Guinea en general o en Nigeria, que en países como Canadá o Noruega, por ejemplo.

Lo que quiero decir es que no hace falta irse hasta Corea del Norte, sino que se podría empezar con algo donde su influencia pueda ser demostrable.

ong>Conectas • ¿Cuáles cree que son los principales retos que tendrán que afrontar las organizaciones y los defensores de derechos humanos en la próxima década?

L.A. • Por un lado, como hemos comentado antes, las organizaciones y los defensores de derechos humanos en países que ya cuentan con al menos un compromiso político y un marco jurídico para la promoción de los derechos humanos van a querer trabajar en lo que podríamos considerar cuestiones de actualidad, como los derechos de la comunidad LGBT. Continuar fomentando la agenda, el establecimiento de normas y su mejora. Sorprendentemente, tenemos que recuperar parte del terreno: con los ataques durante la última década contra la Convención contra la Tortura, que llegaban a cuestionar la universalidad de la prohibición de la tortura, o contra los derechos de las mujeres en algunas partes del mundo, como Afganistán. En este sentido, podemos asistir —y es algo que ya ha empezado— a la eliminación potencial de las conquistas logradas, algo sorprendente si pensamos que la igualdad de género, al menos retóricamente, parece ser un tema aceptable para la mayoría de los gobiernos. Así que creo que todavía queda mucho por hacer para avanzar en la agenda y mantener algunas de las conquistas.

Algunos de los mayores desafíos procederán de un resurgir de la invocación de especificidades culturales y religiosas. Creo que estamos asistiendo a un rechazo cada vez mayor y muy constante de la universalidad de los derechos humanos en el ámbito internacional. No sé cuánto de eso estará penetrando, por ejemplo, en Brasil, pero a nivel mundial, creo que vamos a ver llamamientos de valores culturales o religiosos que chocan con la agenda de derechos humanos. Va a ser un problema muy grande.

Y por último, está la cuestión de la reforma institucional, en la que yo no veo ningún avance potencial, por ejemplo, hacia la reforma del sistema de órganos de tratados con vistas a un posible tribunal internacional de derechos humanos. En este punto, yo no declararía ese tema una prioridad porque está demasiado lejos y es muy poco probable que suceda.

Conectas • Por último, en el momento de la llamada “Primavera Árabe”, usted mencionó la necesidad de una “primavera de Nueva York y Ginebra”. ¿A qué se refería con ello y qué implicaría?

L.A. • Lo que tenía en mente era precisamente denunciar las deficiencias del marco institucional internacional de protección de los derechos humanos —el Consejo de Derechos Humanos y el Consejo de Seguridad— en lugar de tratarlos como siempre, es decir, tratando de ampliar las voces participantes en el EPU y cosas por el estilo… Mepregunto si estamos preparados para algo que desafíe a todo el sistema de manera mucho más profunda, tal como el movimiento que partió de Túnez y luego se extendió por el mundo árabe como un desafío real procedente de la sociedad civil a un orden político total. E insisto en que no creo que hayamos llegado a ese punto. Quizá afirmaremos que todavía podemos avanzar dentro de ese mismo marco. Pero puede que llegue un momento en que la gente le dé la espalda a la agenda de derechos humanos, por su lentitud para producir resultados, o la considere de una forma mucho más radical. Esa respuesta la dejo con ustedes.

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Louise Arbour

Louise Arbour tiene una larga historia como defensora de derechos humanos. Trabajó en la Corte Suprema de Ontario, fue fiscal jefe de los Tribunales Penales Internacionales para la ex Yugoslavia y Ruanda (1996-1999) y fiscal de justicia en la Corte Suprema de Canadá (1999-2004). En 2004, Arbour asumió el cargo de Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, cargo que ocupó hasta 2008. Desde 2009, es presidente y directora general del Internatinal Crisis Group - una organización independiente, sin fines de lucro, y no gubernamental comprometida con la prevención y resolución de conflictos.

Original en inglés. Traducido por Fernando Campos Leza.

Entrevista realizada en mayo 2014 por Maria Brant (Conectas Derechos Humanos).