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Entrevista con Louis Bickford

Louis Bickford

Hacia un punto de convergencia global: “Quien determina la agenda global de derechos humanos y como”

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RESUMEN

En el mundo multipolar en que opera el movimiento internacional de derechos humanos, Louis Bickford es capaz de observar e influir en diferentes facetas desde una perspectiva privilegiada. Bickford administra el Programa Mundial de Derechos Humanos de la Fundación Ford, donde asiste tanto a grupos bien establecidos como a otros emergentes para reforzar el movimiento mundial de derechos humanos. Antes de unirse a la Fundación Ford en 2012, formó parte del equipo de dirección ejecutiva del Robert F. Kennedy Center for Justice and Human Rights y, antes, fue director de programa en el International Centre for Transitional Justice (ICTJ).

La experiencia de Bickford en materia de activismo se remonta a su actuación como activista estudiantil en la década de los ochenta y posteriormente a su trabajo en Chile a principios de los noventa, en temas relacionados con la memoria y la rendición de cuentas en el Cono Sur. Más adelante, en el ICTJ, su foco principal consistió en facilitar alianzas con organizaciones no gubernamentales nacionales en países tan diversos como Bosnia, Birmania (en la frontera con Tailandia), Gana, México, Marruecos, Nigeria y Sudáfrica, y en colaborar con esos socios en intercambios entre pares y actividades conjuntas de creación de redes sobre el terreno. Gracias a esas experiencias cuenta con un profundo conocimiento de los retos y oportunidades de las ONG internacionales en el ámbito internacional de los derechos humanos.

Aprovechando su valiosa trayectoria, en una entrevista concedida a Conectas en septiembre de este año, Bickford nos presenta una evaluación crítica de la situación actual del movimiento internacional de derechos humanos. Al tiempo que reconoce que las ONG internacionales están tratando de estar más cerca del terreno y las ONG nacionales intentan participar directamente en la escena internacional —a lo que denomina la “convergencia hacia el centro mundial”—, afirma de manera concluyente que “el movimiento internacional de derechos humanos rara vez ha sido capaz de definir su trabajo de manera que se identifique con las comunidades pobres y marginadas”.

En este sentido, Bickford cree que, para seguir creciendo, “el movimiento debe mostrarse relevante para más gente más a menudo”. En sus respuestas, nos brinda ejemplos de organizaciones que han estado tratando de hacer exactamente eso y los retos a que se enfrentan.

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Conectas Derechos Humanos • Usted ha trabajado de diversas formas con organizaciones de la sociedad civil en todas las regiones del mundo durante más de 20 años. En su opinión, ¿qué ha cambiado desde los comienzos del activismo en favor de los derechos humanos, centrado en documentar violaciones de los derechos civiles y políticos, y en las organizaciones no gubernamentales internacionales, hasta la etapa actual?

Louis N. Bickford • El sistema de derechos humanos se ha ido volviendo cada vez más complejo en las últimas décadas. Parte de esa complejidad se debe a una expansión del movimiento internacional de derechos humanos que ahora abarca una variedad mucho más vasta de derechos y actividades que en los años setenta y ochenta. Eso se da a lo largo de dos ejes. En primer lugar, el contenido de los derechos se ha expandido. Desde la Conferencia de Viena de 1993, se ha producido una ampliación significativa de su estructura desde un conjunto reducido de reivindicaciones de derechos durante la Guerra Fría (en su mayoría, derechos civiles y políticos) hasta reivindicaciones que abarcan toda la diversidad de la Declaración Universal. Prueba de ello es la larga lista de procedimientos especiales del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, lo que demuestra la variedad de las reivindicaciones de derechos que ahora se consideran legítimas en la comunidad internacional.

La segunda forma en que el movimiento internacional de derechos humanos se ha ampliado atañe a su arquitectura de red, es decir, a la manera en que se estructura en cuanto a tamaño, ubicación de los actores clave y relaciones entre ellos. Quizá el cambio más importante al respecto sea el enorme aumento en las últimas décadas en el número de organizaciones que se identifican a sí mismas como “organizaciones de derechos humanos”. No menos importante es dónde tienen su sede. Durante los años setenta y ochenta, por ejemplo, las ONG internacionales de derechos humanos se convirtieron en una categoría de organización de vital importancia, dado que ciertas ONG nacionales en países como Chile, Sudáfrica y Rusia veían peligrar gravemente su existencia diaria y que —cuando existían— solían ser pequeñas y tener recursos insuficientes. Los actores internacionales, desde la relativa seguridad de Nueva York o Londres, podían atraer para la causa a graduados de las mejores facultades de derecho del mundo y a otros, además de encontrar y recaudar fondos. También podían ejercer una verdadera influencia en Washington o en las Naciones Unidas. Trabajando a través de instituciones internacionales basadas en gran parte en los EE. U. y en Europa, eran igualmente capaces de centrarse en el desarrollo de normas, dando lugar a una revolución jurisprudencial en el derecho de los derechos humanos prácticamente sin parangón en ningún otro campo, con lo que surgió un sistema mundial de leyes, normas e instituciones que constituye, hoy en día, una gran fuerza para los derechos humanos. Esas ONG internacionales siguen siendo importantes. Pero también ha habido cambios relevantes en el otro plato de la balanza: las ONG nacionales se han vuelto fuertes, profesionales y omnipresentes. Estas organizaciones no gubernamentales nacionales —como DeJusticia en Colombia o el Legal Resources Centre en Sudáfrica— están implicadas cada vez más a nivel internacional y mundial, lo cual está creando algunos cambios significativos en el ecosistema del movimiento de derechos humanos.

Conectas • Sin dejar de reconocer los logros de las organizaciones internacionales de derechos humanos, como usted acaba de mencionar, ¿sigue siendo la división de tareas entre las organizaciones no gubernamentales nacionales e internacionales una descripción exacta de cómo está estructurado hoy en día el movimiento internacional? Las ONG del Norte han trasladado su sede al Sur Global y las organizaciones del Sur trabajan cada vez más a nivel internacional. Recientemente, usted ha denominado a ese fenómeno la “convergencia hacia el centro mundial”. ¿Qué quiere decir con eso?

L.N.B. • La distinción entre las organizaciones internacionales y nacionales no siempre resulta útil, pues hay muchas organizaciones que no pueden categorizarse tan fácilmente, pero puede ser útil para distinguir varios nichos y componentes del movimiento internacional de derechos humanos. Es especialmente pertinente en términos de las distintas teorías acerca de cómo éste “funciona”. ¿Qué está tratando de lograr actualmente el movimiento y cuál es la mejor manera de alcanzar esos objetivos? En el corazón de esas preguntas se encuentran las formas en que el movimiento de derechos humanos define sus prioridades mundiales y, a su vez, cómo genera el apoyo de varios mandantes. Resulta decisiva la distinción entre organizaciones nacionales, que operan en sus propias sociedades, y organizaciones internacionales, que se centran principalmente en el sistema internacional o en países distintos de aquellos en que tienen su sede —en general grandes capitales del Norte, como Nueva York, Londres, Ginebra y París—. Como las organizaciones internacionales tienen conexiones más estrechas con las comunidades de financiación, los tomadores de decisiones, las universidades de élite y una red cosmopolita de líderes de opinión en el Norte, y como están trabajando realmente a nivel internacional —por lo que tienen demandas presupuestarias más altas—, tienden a tener un peso significativo y una autoridad a la hora de definir la agenda.

Sin embargo, existe una importante tendencia compensatoria, como usted ha mencionado, lo que he llamado la “convergencia hacia el centro mundial”. Dos tendencias significativas y complementarias están en juego y entrelazadas. La primera tendencia es que las ONG internacionales de derechos humanos se mueven hacia el Sur Global, en un esfuerzo por estar “más cerca del terreno” (en palabras de Amnistía Internacional). Para las ONG internacionales, ahora importa más que nunca demostrar vínculos reales y directos con el Sur Global. En este sentido, Amnistía Internacional está moviendo su secretaría internacional para reubicarla en “centros” de varios países del Sur.

La segunda tendencia es que las organizaciones no gubernamentales nacionales se mueven hacia arriba y tienen una relación más directa con el sistema internacional de derechos humanos, a menudo más allá de sus propias regiones y con frecuencia mostrando un compromiso en cuestiones de derechos humanos en países distintos del suyo. Esta tendencia no caracteriza ni debe caracterizar a todas las ONG nacionales ni a todas las ONG internacionales, pero sí refleja lo que sucede en una parte significativa de ambas. En consonancia con la idea de un “cosmopolitismo arraigado” en la teoría de los movimientos sociales, los líderes de esos grupos nacionales no ven ninguna razón por la que no deban participar directamente en la definición del futuro del movimiento internacional de derechos humanos.

Estas dos tendencias se complementan con la existencia de redes, tanto las tradicionales como otras nuevas, de organizaciones nacionales profundamente conectadas al terreno que crean alianzas horizontales con el fin de fortalecer su influencia y sus tareas de promoción a nivel internacional.

En esa convergencia hacia el centro mundial importa realmente ver dónde se encuentra el poder dentro del movimiento de derechos humanos. Por ejemplo, respecto a quién define la agenda global y de qué manera. ¿Debería haber otra gran institución mundial como la Corte Penal Internacional? ¿Cómo deben desarrollarse los principios internacionales, como el de la responsabilidad de proteger? ¿Habría que conceder más atención mundial a algunos derechos, como el derecho a la educación o la vivienda? Esas preguntas adquieren un cariz diferente si tenemos en cuenta las tendencias actuales de la convergencia hacia el centro mundial.

Esa convergencia corresponde más bien a una tendencia evolutiva que a un desarrollo totalmente nuevo. Grupos como la Fédération Internationale des Ligues des Droits de l’Homme (FIDH por sus siglas en francés) y el Asian Forum for Human Rights and Development (FORUM-Asia), con sede en Bangkok, siempre han estado íntimamente vinculados a ONG nacionales (y con base en el Sur). Organizaciones como el Centro de Información sobre Empresas y Derechos Humanos (BHRRC por sus siglas en inglés) y Witness, se basan en un modelo operativo que requiere alianzas estrechas con organizaciones no gubernamentales del Sur. En el campo de los derechos de las mujeres, grupos como la Asociación para los Derechos de la Mujer y el Desarrollo (AWID por sus siglas en inglés) han sido a la vez ONG internacionales y con sede en el Sur Global desde su fundación. La Red Internacional para los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (Red-DESC) y la nueva International Network of Civil Liberties Organisations (Inclo) son ejemplos de redes internacionales de organizaciones nacionales profundamente conectadas al terreno. Y muchas organizaciones —como BHRRC y AWID— están traduciendo sus materiales a varios idiomas, reconociendo la importancia de comunicarse con públicos muy diversos.

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Conectas • También en relación con las ONG nacionales, varios factores han desafiado su representatividad en sus propios países. Como se ha visto en las recientes manifestaciones masivas en Brasil, Ucrania, Estados Unidos y Oriente Medio, por citar algunos ejemplos, las protestas de calle y las ONG han adoptado el papel principal como promotores del cambio social. ¿Usted cree que la internacionalización de las ONG locales comporta un riesgo de que se desconecten de su propio contexto local?

L.N.B. • Los movimientos sociales tienen un poder de definición, y estos movimientos pueden competir con el discurso de los derechos humanos y, potencialmente, “ganar en el terreno de la imaginación”, como escribió una vez Samuel Moyne. Entonces, el desafío radica en cuán potente son los derechos humanos y cuanto serán en el siglo XXI en cuanto marco discursivo para nuevos y futuros movimientos sociales que vayan surgiendo a nivel nacional, regional y global.

Contando una historia sobre Egipto, un personaje muy conocido en el mundo de los derechos humanos explicaba en público que, durante la década de los ochenta, ser activista de derechos humanos en Egipto era peligroso y frustrante. Era difícil lograr cambios. Sin embargo, las organizaciones de derechos humanos desempeñaron un papel clave en la definición de una visión para una sociedad mejor. Impulsaron a la acción a muchas personas y proporcionaron un marco para la transformación de la sociedad. Una parte de la estrategia de estos actores consistió en utilizar el sistema internacional y trabajar en Ginebra, Nueva York, Bruselas, Londres y Washington para lograr sus objetivos, lo cual resultaba menos peligroso y en muchos aspectos menos frustrante que trabajar en Egipto. Contribuyeron a dar forma a la presión internacional sobre Egipto y a la elaboración en general de normas internacionales. Generaron fuertes movimientos de solidaridad y forjaron alianzas en otros países y regiones, en particular en sus propias diásporas. Comenzaron a dedicar cada vez más tiempo de trabajo al ámbito internacional. De vuelta a casa, empezaron a ser vistos poco a poco como “esa gente que va a conferencias y a cócteles en Londres y Nueva York”. Cuando se produjo la Primavera Árabe, el marco de derechos humanos y muchos de los activistas asociados a él no fueron una fuente de inspiración principal. Tenían menos prestigio en Egipto en torno a cuestiones de transformación social que otros actores, más recientes, que fueron capaces de aprovechar la imaginación de los manifestantes.

El punto principal de esta historia está relacionado con la creación de organizaciones nacionales dinámicas profundamente arraigadas en la experiencia nacional y que se ocupan de distintas comunidades específicas. Como uno de los principales desafíos a que se enfrenta el movimiento es su capacidad para inspirar y formular los objetivos generales de cambio social, es probable que las organizaciones a nivel nacional, si son capaces de hacerlo (teniendo en cuenta las preocupaciones de seguridad, etc.), fortalecerán el movimiento a partir de su experiencia de lucha contra los abusos y de hacer efectivos los derechos. De hecho, en este sentido, organizaciones como el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) de Argentina, el Legal Resources Centre (LRC) de Sudáfrica o la Kenyan Human Rights Commission deberían ser la fuerza impulsora para la innovación y el cambio ante todo a nivel nacional, donde han de conquistar buena fama y legitimidad.

Conectas • Uno de los motivos que han llevado a las ONG del Sur a orientarse cada vez más hacia la escena internacional es el aumento de la influencia de las potencias emergentes tanto en sus propias regiones como a nivel transnacional y mundial. El ascenso de los BRICS es buen ejemplo de ello. En ese contexto, algunos han hecho un llamamiento para que esos países del Sur actúen como líderes en este nuevo mundo multipolar, pese a ser conscientes de su propio (y a menudo problemático) historial de derechos humanos. En su opinión, ¿cuál es el papel de las ONG del Sur en ese escenario?

L.N.B. • La convergencia hacia el centro mundial podría ayudar al movimiento internacional de derechos humanos a hacer frente al desafío de adaptarse a la emergencia notoria de la multipolaridad que incluye a los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y los MINTS (México, Indonesia, Nigeria y Turquía) —u otras agrupaciones— y que supone importantes cambios potenciales en el sistema de derechos humanos. Aunque parece claro que la influencia estadounidense está disminuyendo a nivel mundial, no está tan claro de qué manera estas potencias emergentes se involucrarán en los debates globales de política de derechos humanos. Dicho esto, puede haber oportunidades en el ámbito de la política exterior de las potencias emergentes. Theodore Piccone ha esgrimido argumentos similares, lo que sugiere que países como Brasil, Turquía e Indonesia podrían desempeñar un papel muy constructivo como actores internacionales, en parte con un liderazgo en diversos temas relacionados con los derechos humanos.

El elemento clave de este desafío es de qué forma el movimiento internacional de derechos humanos presiona al aparato de la política exterior de los países emergentes para interactuar con otros estados o en el sistema internacional. En este sentido, Conectas es una de las ONG que está dando ejemplo respecto a esta nueva estrategia, buscando hacer presión sobre la política exterior del gobierno brasileño. Del mismo modo, ONG internacionales como Amnistía Internacional, Crisis Action, la FIDH y Human Rights Watch se están centrando cada vez más en la política exterior de las potencias emergentes. Aún están por verse los resultados concretos de este tipo de estrategias, pero parecen prometedores en vista del mundo multipolar hacia el que seguramente avanzamos.

Conectas • Una última pregunta. Las ONG tradicionales de derechos humanos se han visto ante el reto de comunicar mejor sobre su trabajo. A menudo, la naturaleza legalista del lenguaje de derechos humanos así como la ampliación de su agenda (como usted ha mencionado antes) tienden a hacer que la comunicación sea aún más difícil. En su opinión, ¿de qué manera el trabajo de las ONG podría servir mejor a las comunidades en que están situadas?

L.N.B. • Ese tema nos lleva de vuelta a la cuestión de los derechos humanos como marco discursivo: ¿todavía es poderosa la estructura de derechos humanos? Si es así, ¿a qué comunidades se dirige? ¿Cómo puede ese movimiento seguir siendo dinámico y tener resonancia en el siglo XXI, movilizar a los jóvenes y a los demás? En este sentido, yo diría que el movimiento internacional de derechos humanos en general no ha sido capaz de formular su trabajo de manera que conecten con las comunidades pobres y marginadas. Desde las favelas de Brasil a los barrios de chabolas de Nairobi y Nueva Delhi, millones de personas siguen en una situación desesperada. De hecho, el movimiento de derechos humanos no siempre ha proporcionado las herramientas necesarias para que estas comunidades hagan efectivos sus derechos, entre ellos los derechos más fundamentales, como el derecho a la vida, a la seguridad personal y a los medios de subsistencia. Sería una exageración decir que el movimiento les ha fallado a esas comunidades, pero la verdad es que no llegado lo suficientemente lejos en el reconocimiento de sus necesidades y en la lucha por ellas. De hecho, el desafío más urgente que tiene que abordar el movimiento es que a las poblaciones más pobres y marginadas del mundo se les siguen negando sistemáticamente los derechos políticos, civiles, sociales y económicos básicos.

Esto puede hacer referencia o no a la realización de los derechos económicos y sociales, en un sentido estricto, legal. El punto importante es que el movimiento internacional de derechos humanos debe mostrar su relevancia a un mayor público más a menudo para prosperar. Eso puede tener que ver tanto con los métodos como con las categorías de derechos priorizados. En otras palabras, la gente necesita entender de qué forma los movimientos pueden ayudarles a mejorar su vida. El movimiento de derechos humanos no siempre ha sido muy hábil para explicar eso. Tras haber logrado una serie de éxitos, ahora el movimiento debe demostrar de qué manera y por qué es pertinente para hacer frente a los desafíos de la pobreza extrema y la marginación, y mostrar cómo puede contribuir a dar voz a los sin voz y poder a los que no lo tienen, y alguna respuesta para las necesidades más apremiantes de las personas de todo el mundo.

Para mí, la respuesta a esto radica en el fomento del movimiento: cómo fortalecer el movimiento de los derechos humanos. Los movimientos trabajan con normas como estructuras de oportunidad política. Esta es la mejor razón para que el movimiento continúe dedicando energía al desarrollo de normas, especialmente en ciertas áreas, como los derechos LGBT y los derechos de las personas con discapacidad, por citar algunas. Del mismo modo, el movimiento puede participar de manera constructiva con estructuras de oportunidad política, como el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, los Procedimientos Especiales y los sistemas regionales. En este sentido, la energía del Consejo de Derechos Humanos en Ginebra es una indicación de la importancia de elaborar y establecer normas en la comunidad de naciones. En ocasiones, el trabajo del Consejo puede resultar emocionante y a menudo se celebran con entusiasmo algunas victorias en la elaboración y la adopción de normas.

Pero las reglas y las normas no son suficientes. Sabemos por la investigación empírica de autores como Bett Simmons y Emilie Hafner-Burton que las normas solo sirven para llegar hasta un cierto punto. Por supuesto, en algún momento se requiere que los derechos se hagan efectivos de forma bien real sobre el terreno. Más que nunca, el movimiento tiene que centrarse en las estrategias que funcionan para hacerlos efectivos, tales como el litigio estratégico en los tribunales nacionales, los nuevos instrumentos de política, los cambios en las asignaciones presupuestarias, etc. Y en relación con el sistema internacional, el movimiento necesita aprovechar su poder para la solución real de los problemas domésticos.

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Louis Bickford

Bickford dirige el Programa Global de Derechos Humanos de la Fundación Ford, apoyando tanto a los grupos bien establecidos como a los emergentes con el fin de reforzar el movimiento global de derechos humanos. Antes de empezar a trabajar en la Fundación Ford en 2012, Bickford formó parte del equipo de coordinación ejecutiva del Centro Robert F. Kennedy para la Justicia y los Derechos Humanos. Anteriormente, fue director de programas en el Centro Internacional para la Justicia Transicional (ICTJ, por sus siglas en Inglés), consultor de la Oak Fundation, de la Bertha Foundation, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, de la Comisión de la Verdad y Reconciliación Canadiense, entre otros. Louis realiza regularmente seminarios sobre los derechos humanos en el mundo en la Universidad de Columbia, en la Universidad de Nueva York y en la New School for Social Research.

Original en inglés. Traducido por Fernando Campos Leza.

Entrevista realizada en septiembre del 2014 por Thiago Amparo (Conectas Derechos Humanos).