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Por qué apoyamos el trabajo asociado entre organizaciones de derechos humanos

Kenneth Roth

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RESUMEN

La colaboración entre grupos internacionales y nacionales siempre ha tenido sus momentos difíciles, pero la típica división geográfica entre estos dos tipos de grupos ha conducido habitualmente a una división del trabajo natural y saludable. Este artículo analiza varios factores que hoy en día están afectando este equilibrio, por ejemplo, los grupos internacionales de mayor tamaño están colocando gran parte de su staff fuera de Occidente, y las personas que realizan investigación e advocacy para organizaciones internacionales provienen cada vez más del Sur Global. Las tensiones entre los grupos internacionales y nacionales aparecen principalmente en relación a los medios de comunicación y la recaudación de fondos. Sin embargo, hay maneras de fortalecer las colaboraciones entre organizaciones nacionales e internacionales; elaborar conjuntamente estrategias, compartir información y recursos que pueden ser más accesibles para los grupos internacionales, establecer programas de intercambio de personal, compartir perspectivas de donaciones e indicaciones sobre obtención de fondos, hablar y publicar conjuntamente y asistirse unos a otros mediante la promoción del trabajo con herramientas como las redes sociales.

Palabras Clave

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El movimiento global de derechos humanos ha sido hace tiempo una colaboración entre grupos internacionales y sus homólogos nacionales o locales (a los que, para mayor brevedad, me referiré como grupos “nacionales”). Esa colaboración proporciona una fuerza tremenda, y es particularmente importante cuando los temas que tratamos se vuelven más complejos y nuestros adversarios más sofisticados.

Los grupos nacionales aportan un conocimiento íntimo de sus países, relaciones más próximas con las víctimas y testigos y un mayor acceso a los periodistas y funcionarios de su país. Son la primera fuente de consulta y estrategia para los grupos internacionales cuando están estableciendo sus agendas y llevando a cabo investigación e advocacy. Los grupos nacionales están mejor situados para proporcionar apoyo directo a largo plazo a las comunidades víctimas, sea a través de acciones legales o programas educativos.

Los grupos internacionales, por su parte, aportan la credibilidad que se obtiene tras haber conducido durante mucho tiempo investigaciones en muchos países y situaciones de todo el mundo. A menudo tienen mayor acceso a los medios de comunicación internacionales así como a los gobiernos occidentales que han sido importantes, aunque inconsistentes, promotores de los derechos humanos. Estas conexiones internacionales habilitan a los grupos internacionales a hablar públicamente cuando las amenazas a la seguridad pueden forzar a los grupos nacionales a ser más precavidos y defender a colegas nacionales cuando se enfrentan a la persecución.

En cuanto a la política exterior, los grupos internacionales tienen los recursos y alcance geográfico para conocer los abusos en el extranjero a los que un grupo nacional o su gobierno puedan querer enfrentarse. Los grupos internacionales también tienen con frecuencia más conocimiento sobre los debates en los foros internacionales en los que sus homólogos nacionales puedan querer participar. Es poco común que un ministerio de relaciones exteriores, y no digamos un grupo nacional, tenga los recursos para saber con detalle lo que está ocurriendo sobre el terreno en lugares tan dispares como Siria, Birmania, la República Centroafricana, Corea del Norte, los Estados Unidos o cualquiera de la veintena de otros países que merecen atención internacional y donde grupos como Human Rights Watch trabajan habitualmente.

La colaboración entre grupos nacionales e internacionales siempre ha tenido sus momentos difíciles y sus malos entendidos, debido a las diferentes perspectivas, prioridades y recursos. Pero la típica división geográfica entre estos dos tipos de grupos ha conducido habitualmente a una división del trabajo natural y saludable.

Ahora hay varios factores afectando este equilibrio. Para empezar, los grupos internacionales de mayor tamaño están colocando más personal fuera de Occidente. Human Rights Watch, por ejemplo, lleva tiempo intentando que sus investigadores se localicen en los países sobre los que están trabajando. Creemos que esta mayor intimidad producirá una relación de trabajo más cercana con los grupos nacionales, una comprensión más minuciosa de los problemas de los derechos, más contactos con los funcionarios gubernamentales cuyas políticas esperamos cambiar y una influencia positiva en la dirección y efectividad de Human Rights Watch.

Además, hace tiempo que pasó la época en que los grupos internacionales estaban presuntamente repletos de occidentales. Las personas conduciendo las investigaciones y el advocacy por el mundo tienen cada vez más posibilidades de ser del país en el que están trabajando, ser hablantes nativos del idioma del país, y estar completamente inmersos en su cultura. El personal de Human Rights Watch consiste de 415 personas de 76 nacionalidades basadas en 47 países. El personal permanente de Amnistía Internacional consiste de 530 personas de 68 nacionalidades basadas en 13 países.

La diversidad de personal facilita la comunicación entre los grupos internacionales y nacionales y garantiza que los grupos internacionales estén informados de las preocupaciones nacionales no sólo por colaboradores externos sino también por el debate interno. El personal del Sur Global ha contribuido a la evolución gradual de los grupos internacionales con su mayor atención, por ejemplo, a los derechos económicos y sociales, así como también a las personas cuyos derechos tradicionalmente fueron negados, como las mujeres, niños y personas con discapacidades. Pero este cambio en la composición del personal también significa que, en cualquier país determinado, los grupos internacionales y nacionales son menos diferenciables, lo cual puede complicar una delimitación clara de los roles.

Además, al crecer la influencia de ciertos gobiernos no occidentales, Human Rights Watch está realizando un mayor esfuerzo para incidir en sus políticas de derechos humanos, no sólo en lo interno sino también en sus relaciones con otros gobiernos, de un modo similar a como hemos trabajado tradicionalmente para influenciar las políticas exteriores de las principales potencias occidentales. Al mismo tiempo, los grupos de derechos humanos no occidentales están creciendo en tamaño y aptitud, y como Conectas en Brasil, están cada vez más interesados en tratar temas de derechos humanos más allá de sus fronteras nacionales.

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A pesar de las evidentes colaboraciones que estos desarrollos impulsan, la evolución requiere nuevas negociaciones sobre los roles de los grupos internacionales y nacionales, cambiando la división del trabajo que ha gobernado durante mucho tiempo su relación. Hay todavía una enorme complementariedad pero también el potencial para la fricción.

A nivel nacional, la presencia de grupos internacionales aun tiende a ser modesta; en el caso de Human Rights Watch, normalmente poco más que uno o dos investigadores o abogados, posiblemente complementados con un asistente. En términos numéricos inmediatos, esta limitada presencia internacional es muy pequeña en comparación con la mayoría de grupos nacionales. Sin embargo, esta presencia modesta está reforzada por los recursos e investigación de los grupos internacionales, típicamente mucho mayores que los de cualquier grupo nacional.

Esta relación en evolución ha significado un movimiento más fuerte, pero también ha dado pie a ciertas tensiones. Las más obvias pueden aparecer en torno a los activos necesarios para la constitución de un grupo de derechos humanos, -la atención de los donantes y de los medios de comunicación.

La preocupación por los donantes es bastante obvia. Si sólo hubiese un número determinado de donantes (tradicionalmente, fundaciones institucionales) interesados en un país, añadir otro grupo de derechos humanos podría dividir aún más unos recursos finitos. Sin embargo, nuestra experiencia en Human Rights Watch es que ni el número de donantes, ni la cantidad de fondos disponibles es fijo, sobre todo en el caso de donantes individuales.

En los países occidentales en los que Human Rights Watch realiza la mayor parte de su captación de fondos, encontramos que una porción sustancial de nuestros ingresos proviene de donantes que contribuyen por primera vez a la causa de los derechos humanos. De hecho, esta ampliación de la base de donantes existentes es la razón principal de que Human Rights Watch haya podido crecer. Y cuando el grupo de donantes aumenta, no lo hace sólo para los grupos internacionales, sino también para los demás. En varios casos en Europa, por ejemplo, Human Rights Watch ha ayudado a desarrollar o profundizar el interés de un donante en la causa de los derechos humanos, y el donante a su vez se ha convertido también en un importante proveedor de fondos para grupos nacionales no occidentales.

Human Rights Watch no ha hecho suficiente recaudación de fondos en el Sur Global para desarrollar un registro de seguimiento, pero tengo motivos de sobra para creer que cuando lo hagamos nuestra experiencia será parecida. El objetivo de cualquier esfuerzo por obtener fondos no serían las fundaciones institucionales que ya están proveyendo fondos a nuestros colaboradores nacionales, sino donantes individuales que todavía no están contribuyendo a la causa de los derechos humanos. Del mismo modo en que hemos utilizado nuestra red global de donantes para identificar posibles nuevos donantes en países occidentales en los que trabajamos por primera vez, haríamos lo mismo en cualquier país del Sur en el que comenzásemos a captar fondos. Debido a que la mayoría de los grupos nacionales han avanzado poco en atraer a contribuyentes individuales importantes, hay mucho potencial para el beneficio mutuo.

En cuanto a la atención de los medios, la situación es más compleja y no tan clara y nítida como algunos temen. Si se trata simplemente de quién es citado en una historia de derechos humanos para la que los periodistas ya se han preparado para cubrir, añadir un portavoz de un grupo internacional podría reducir las oportunidades de difusión para los colegas nacionales. Sin embargo, al investigar las condiciones de los derechos en el país, intentamos aumentar la cobertura mediática sobre los temas de derechos. Y al resaltar la posición de un gobierno con respecto a temas de derechos en el extranjero, intentamos llamar la atención de los medios hacia los temas que eran típicamente ignorados. En cada uno de estos casos, el efecto es expandir las oportunidades mediáticas, no dividir las que ya existen.

En lo que se refiere programas, he visto que los grupos internacionales y nacionales están impacientes por trabajar juntos y se benefician mucho de la colaboración, pero hay al menos una tensión potencial que hay que tener en cuenta. Aunque mi experiencia ha sido que los grupos internacionales y nacionales se consultan con mucha frecuencia, y con buenos resultados, al establecer las prioridades y desarrollar posiciones de presión, los dos tipos de grupos sí consideran un diferente conjunto de factores al tomar sus decisiones.

El tema no es determinar los hechos. Todo el mundo en el movimiento de derechos humanos entiende que una determinación de los hechos cuidadosa, objetiva y honesta es esencial para nuestra credibilidad y eficacia. Sin embargo, veo probable que esa unanimidad de perspectiva se quiebre en relación a otras cuestiones.

En Egipto, por ejemplo, aparecieron tensiones sobre la cuestión de si Human Rights Watch debería promover una suspensión de la ayuda militar estadounidense en vistas del golpe de julio de 2013 y la ulterior ofensiva brutal contra los Hermanos Musulmanes y otros críticos del gobierno. Conscientes del hecho de que Human Rights Watch había promovido una suspensión de la ayuda militar en circunstancias comparables en otros países (así como deseosos de evitar la complicidad y el apoyo de EE.UU. a una ofensiva tan severa y violenta), algunos miembros de Human Rights Watch sintieron que era importante avanzar en esa dirección. Sin embargo, como el gobierno egipcio fue tan eficaz en cerrar medios de comunicación independientes en el país y presentar sus acciones como una defensa contra el “terrorismo,” hubieron temores en Egipto, compartidos en este caso por parte del personal de Human Rights Watch, de que defender una suspensión de la asistencia militar de EE.UU. podría hacerles perder la simpatía de aliados potenciales del país. Al final, Human Rights Watch retrasó su cabildeo y Washington suspendió la ayuda militar sin nuestra participación, aunque más tarde estuvimos en contra de una posible reanudación de la ayuda militar mientras durase la crisis.

Puedo imaginarme diferencias de perspectiva similares apareciendo cuando los miembros de un grupo nacional sintieron que tenían el derecho como ciudadanos de su país de expresar una opinión sobre un tema pero un grupo internacional creyó que los principios de derechos humanos no proporcionaban una respuesta suficientemente clara para justificar su intervención. Un ejemplo puede ser con respecto a los distintos modos de lograr derechos económicos y sociales, como serían dos tipos distintos de planes de salud y educación, donde ambos puedan ser considerados un esfuerzo concienzudo por lograr el derecho en cuestión.

Quizá la mayor fuente de tensión son los recursos institucionales. Grupos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch son simplemente mucho más grandes y están mejor establecidos que cualquiera de sus homólogos nacionales. La primera línea de un grupo internacional en cualquier país determinado puede parecer estrecha, pero está respaldada por una organización formidable con unas capacidades y experiencia que pueden empequeñecer aquello de lo que disponen sus homólogos nacionales.

Pero admitir estas diferencias no tiene que conllevar a una resignación a la tensión en las relaciones. Yo al menos estoy comprometido con garantizar que no sea así. Más bien, en cada caso, con la sensibilidad adecuada, existen antídotos que pueden reducir las tensiones y suavizar las relaciones.
Por ejemplo, podemos remediar los temores de competición por los donantes mediante una distribución activa. Los grupos internacionales también pueden ayudar a sus homólogos nacionales alabando su buen trabajo ante donantes potenciales.

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La preocupación ante la competencia por el interés de los medios de comunicación puede ser remediada con esfuerzos activos por hablar y publicar conjuntamente, ya sea con conferencias de prensa conjuntas o simplemente citando a los colaboradores nacionales en los comunicados emitidos a la prensa o en las producciones multimedia de los grupos internacionales, como Human Rights Watch hace regularmente. En la misma línea, nuestras producciones multimedia a menudo incluyen las voces de activistas nacionales. Con la aparición de los medios sociales como Twitter, también se ha vuelto fácil promover el trabajo de los grupos nacionales sin emitir un comunicado formal a la prensa.

Los grupos nacionales también reciben naturalmente más atención de los medios de comunicación cuando los gobiernos recientemente empoderados toman la iniciativa ante temas de derechos globales; como ha hecho Brasil con respecto a la vigilancia electrónica y Sudáfrica con los derechos LGBT. A menudo hay buenas razones estratégicas para tales liderazgos no occidentales; concretamente, la importancia de demostrar que la preocupación acerca de estos temas es global, no sólo occidental. Los mismos factores alentarán a los grupos nacionales a desempeñar un papel de liderazgo, que hará aumentar el interés de los medios de comunicación por sus voces.

Los mayores recursos institucionales disponibles para los grandes grupos internacionales son fáciles de compartir. Mi experiencia es que mis colegas están deseosos de ofrecer asesoramiento legal, político, operacional, en la investigación y en la captación de fondos basándose en la pericia que han adquirido como miembros de un grupo internacional con muchos recursos. Aunque Human Rights Watch no emprende programas formales de “capacitación”; otros grupos y fuentes de fondos están dedicadas a este propósito; consideramos fundamental un movimiento fuerte para que todos logremos nuestros objetivos. Una parte importante del trabajo conjunto es su efecto en facilitar la transferencia de capacidades y conocimientos en ambas direcciones.

Un buen ejemplo de ese modo de compartir es la Red HRC; una red de grupos internacionales y nacionales de derechos humanos que tratan con el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Por un lado, es un vehículo para un grupo internacional como Human Rights Watch, con personal permanente en Ginebra examinando el trabajo del consejo, para compartir información sobre las oportunidades de desarrollo e advocacy con los homólogos nacionales, pues muchos no tienen personal en Ginebra. Por otro lado, todos salimos reforzados porque se ha convertido en un vehículo para que las voces nacionales sean escuchadas en Ginebra, refutando acusaciones de gobiernos abusivos de que las iniciativas del consejo son promovidas sólo por grupos internacionales u Occidente.

Human Rights Watch recientemente complementó esa colaboración con el establecimiento de la página web “Votes Count”, para registrar lo que los diversos gobiernos miembros del Consejo de Derechos Humanos votan en las resoluciones clave. La transparencia sobre acciones en Ginebra que tradicionalmente habían permanecido veladas, ayuda a los grupos nacionales y periodistas a tener en cuenta este elemento clave de la política exterior de sus gobiernos.

Otro ejemplo es un programa que Human Rights Watch ha comenzado, en el que invitamos a colegas de organizaciones socias del Sur Global a pasar un tiempo en una de nuestras oficinas centrales. Aparte de que todos nos beneficiamos al posibilitar un intercambio de perspectivas y análisis, el programa permite que el colega visitante conozca a una variedad de personal especializado al cual podrá recurrir más fácilmente en el futuro.

Puede encontrarse otro ejemplo en la República Democrática del Congo; un país grande y diverso en el cual había ventajas obvias para Human Rights Watch en trabajar con los muchos grupos nacionales. Para facilitar un advocacy coherente y estratégico, sobre todo con relación a la necesidad del establecimiento de un tribunal nacional con participación internacional significativa para la rendición de cuentas por los serios abusos en Congo Oriental, ayudamos a organizar una Congo Advocacy Coalition (Coalición de Apoyo del Congo) involucrando a unos 200 grupos de derechos humanos y otros ámbitos.

La coalición ha ayudado a los grupos internacionales y nacionales a hablar con una única voz cuando se dirigen a las personas que toman las decisiones a varios niveles. Ha sido un vehículo formidable para atraer la atención de los medios de comunicación sobre estos temas y generar la voluntad gubernamental para afrontarlos. Human Rights Watch ha formado parte de colaboraciones parecidas con grupos nacionales en temas tan variados como defender los derechos LGBT en Camerún y acabar con la práctica de instituciones de Senegal que forzaban a los huérfanos a mendigar.

A veces estas colaboraciones requieren que Human Rights Watch se quede en un segundo plano con respecto a nuestros colegas nacionales. No establecemos conversaciones con nuestros socios con la suposición de que vamos a tomar el mando, buscamos más bien determinar cuáles son los modos más efectivos para lograr nuestros objetivos comunes. Por ejemplo, al combatir ciertos ataques de gobiernos africanos hacia la Corte Penal Internacional, las voces de los grupos africanos eran muy importantes. Cuando el presidente de Sudán, Omar al-Bashir, ante una orden de detención de la Corte Penal Internacional viajó a Nigeria en 2013, grupos nigerianos dirigieron el esfuerzo de buscar su arresto mientras que Human Rights Watch y otros grupos internacionales desempeñaron un papel secundario, de refuerzo. El resultado: Bashir abandonó apresuradamente el país para evitar la ignominia de un arresto local.

A menudo es mejor que los grupos nacionales tomen la iniciativa cuando los gobiernos nacionales intentan retratar una preocupación por los derechos humanos como una imposición extranjera. Este ha sido el caso de los derechos LGBT en Uganda, por ejemplo, y a menudo es el caso en los esfuerzos por combatir la mutilación genital femenina. Cuestionar la política exterior de un gobierno será más efectivo si los grupos nacionales están en primera línea.

La tensión entre las acciones de advocacy idiosincráticas de un país determinado y el deseo de las organizaciones internacionales de permanecer relativamente consistentes en sus posiciones a través de muchos países requiere, desde mi punto de vista, una cierta flexibilidad. De nuevo, la exactitud en la determinación de los hechos nunca debería ser cuestionada, pero los grupos internacionales deberían ser capaces de tolerar un grado de variación en las posiciones de advocacy de cada país, como en las sanciones particulares que podemos intentar conseguir ante abusos serios.

Después de todo, la razón para la consistencia en advocacy no es una cuestión de principios fundamentales sino de pragmatismo; para que los gobiernos tengan más dificultades en desviar la presión con el argumento de que es injusto que se les señale sólo a ellos. Esa es una preocupación real, pero como es una cuestión pragmática, debe ser sopesada con otras consideraciones pragmáticas, como por ejemplo, si la posición de advocacy consistente es la que funcionará mejor en un país determinado. En esta ponderación de preocupaciones pragmáticas, no está claro que la consistencia del advocacy sea siempre una consideración primordial.

Quizá lo más importante que deberían hacer los grupos internacionales es tratar a los colegas nacionales con la apropiada deferencia y respeto. Los grupos internacionales deberían conocer en la medida de lo posible los puntos de vista de nuestros colaboradores nacionales, entendiendo que tienen una experiencia inmediata de un problema de derechos de la cual nosotros a menudo carecemos. La deferencia a su experiencia y conocimientos no tiene que ser incondicional, pero asumiendo una unidad de puntos de vista entre los grupos nacionales, debería ser una presunción. En situaciones de diferencias inevitables de recursos y capacidad, el respeto básico implicado en la escucha atenta y la adhesión a nuestros colegas nacionales, puede ayudar muchísimo a suavizar cualquier posible tensión.

Es una señal de la fuerza de nuestro movimiento que tanto los grupos internacionales como los nacionales sean capaces de proyectar su presencia más allá de sus ámbitos tradicionales. También es un signo positivo y saludable que podamos hablar de la cambiante naturaleza de nuestras relaciones honesta y desapasionadamente. Sobre todo, debemos reconocer que a pesar de diferencias ocasionales de perspectiva, cualquier malentendido resultante queda empequeñecido frente a los valores y la causa a la que todos servimos.

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Kenneth Roth

Kenneth Roth es el director ejecutivo de Human Rights Watch, una de las organizaciones internacionales de derechos humanos más destacadas del mundo, que opera en más de 90 países. Antes de unirse a Human Rights Watch en 1987, Roth trabajó como fiscal federal en Nueva York y para la investigación Irán-Contra en Washington DC.  Graduado en la Escuela de Derecho de Yale y en la Universidad de Brown ha conducido numerosas investigaciones y misiones de derechos humanos por todo el mundo, y ha escrito ampliamente sobre una gran variedad de abusos de derechos humanos.

Su cuenta de twitter es @KenRoth.

Original en inglés. Traducido por Sebastián Porrúa Schiess.     

Recibido en marzo de 2014.