Entrevista

Alexya Salvador: “Es contra ese Dios que mata que luchamos y resistimos”

Entrevista com Alexya Salvador

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Entrevista conduzida por Maryuri Grisales e Renato Barreto

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Alexya Salvador, 38 años, nació en Mairiporã, área rural y periférica (SP). Es profesora del sistema público, vicepresidenta de ABRAFH – Asociación Brasileña de Familias Homotransafectivas y madre. En 2015 fue designada pastora auxiliar de la Iglesia de la Comunidad Metropolitana (ICM), siendo la primera pastora transgénero de Brasil. Este año será ordenada clériga, convirtiéndose en la primera reverenda transgénero de América Latina. También fue la primera mujer transgénero en Brasil en adoptar un hijo y, posteriormente, la primera en adoptar dos niños trans.

Como figura pública, fue candidata al cargo de diputada estatal en 2018, ondeando principalmente las banderas de las personas LGBTI, de la educación y de la adopción, temas presentes en su vida cotidiana. En sus discursos, Alexya afirma que su cuerpo es transgresor y que su existencia es un acto político, especialmente en el país que más personas LGBTIs mata en el mundo. Entiende que el problema está en la educación que las personas recibieron, la cual está marcada por prejuicios que dañan los derechos humanos de la población LGBTI, lo que la lleva a abogar con fuerza por el papel transformador de la educación.

Sea en el espacio de la escuela o de la iglesia, considera que su presencia puede inspirar a otras personas. Lo mismo ocurre con su familia. En entrevistas, ha promovido el diálogo y el respeto a formaciones familiares diferentes, siendo vicepresidenta de la Asociación Brasileña de Familias Homotransafectivas (ABRAFH). En su iglesia también subraya la necesidad de la presencia política de las personas LGBTI, como forma de ampliar los espacios de acogida e inclusión.

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Revista Sur • Se te atribuyen distintas frases y credenciales, entre ellas, “la primera pastora transgénero de América Latina”, “la primera mujer trans en adoptar un hijo en Brasil” y “la primera mujer trans brasileña en adoptar un niño también trans”. ¿Qué significa para ti ser pionera en estas cuestiones, como mujer negra, trans, en un país estructuralmente racista, de mayoría cristiana y uno de los que más LGBTIs mata en el mundo?

Alexya Salvador • Me gusta mucho citar a Paulo Freire cuando dice que “el mundo no es, el mundo está siendo”. En esta revolución que hemos vivido en los últimos tiempos, ser la primera mujer trans en adoptar en el país que más travestis mata es el mayor acto político de existencia que yo podría llevar a cabo. Y, hoy, consigo distinguir que los tiempos están cambiando, que el mundo ya no es más el mismo y que nosotros no estamos aquí para robar nada a nadie, para infringir ninguna ley ni para atacar a nadie. Las personas, todos los días, hacen de todo para deslegitimar mi maternidad. Primero, porque consideran que no soy mujer y, por tanto, no puedo ser madre. En cambio, yo digo que es posible, sí, ejercer una maternidad trans. Y es una pena tener que hablar de maternidad y poner un adjetivo. Pero, en este momento histórico, infelizmente, tenemos que etiquetar algunas cosas de manera pedagógica para poder enseñar a las personas que es posible. Y mi familia está ahí para demostrar que la familia transafectiva existe, que existen diversos tipos en el mundo, y no solo la familia homoafectiva, como cree la mayoría de la gente.

Sur • ¿Cuál es la importancia, en los días actuales, de que exista una figura pública como tú, una pastora ocupando espacios eclesiásticos e incluso en la política institucional? ¿Cuánto pesan esas credenciales para ti dentro de la propia iglesia?

AS • Todo ocurrió de una manera que ni yo misma había imaginado o deseado. Las cosas fueron sucediendo día tras día, mes tras mes, y hoy ocupo este lugar siendo la primera pastora trans de Brasil; y en breve seré ordenada clériga, siendo la primera reverenda transgénero de América Latina. Esto quiere decir que es posible ejercer un cristianismo genuino, como en las primeras comunidades cristianas donde estas cuestiones no eran lo que importaba, no eran cuestiones que separaban o segregaban a las personas. Pero, en el país cristiano más grande del mundo, acabo yendo a contramano y convirtiéndome en un símbolo de rebelión para muchas personas, porque creen que quiero tergiversar un cristianismo que, según su parecer, les pertenece. No hay nada que ate a Cristo a la iglesia ni a persona alguna. Cuando hablo de Cristo, me gusta pensar en el Jesús de los pueblos, en el Jesús que caminó con aquellos con los que nadie quiere caminar. Y ese Cristo también quiso caminar conmigo.

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Sur • Cuéntanos un poco sobre la Iglesia de la Comunidad Metropolitana (ICM) y su papel en el escenario religioso brasileño actual.

AS • La Iglesia de la Comunidad Metropolitana fue fundada en Los Ángeles a finales de la década de los 1960s por el reverendo Troy Perry, un pastor baptista que reunía en la sala de su casa a poco más de doce personas, a las cuales la religión de aquel tiempo tampoco aceptaba dentro de sus congregaciones: mujeres divorciadas, negros y LGBTIs. Si consideramos el contexto de los Estados Unidos a finales de aquella década, el negro no frecuentaba la misma iglesia que el blanco. La ICM nació en ese marco de resistencia, de empoderamiento de dichas menorías, aunque, de hecho, no somos una minoría. Hoy, la ICM está en poco más de 50 países del mundo, no solo como una iglesia inclusiva, sino también como una iglesia afirmativa de nuestras sexualidades y de nuestras identidades de género. Aun así, nuestra pauta fundamental es la lucha por los derechos humanos. La ICM existe no solo para reunir a personas dentro de un lugar y llamarlo iglesia. Entendemos que el cristianismo nos pide empoderarnos y luchar contra toda forma de opresión, de injustica y por la recuperación de derechos. Y, en este momento del Brasil, con el gobierno de Bolsonaro, nos posicionamos contra toda y cualquier pérdida de derechos. Nosotros tenemos un gobierno de muerte; infelizmente. Un gobierno que persigue y un gobierno que hace de todo para silenciar las llamadas minorías. Nosotros, como parte de la Iglesia de la Comunidad Metropolitana, vamos a continuar resistiendo y luchando contra todos los sistemas de muerte, porque entendemos que ese, sí, es un sistema demoníaco. Todo aquello que no genera vida genera muerte. Y si genera muerte, es del enemigo de Dios.

Sur • Aparte de pastora, tú eres una defensora de los derechos humanos. Considerando el hecho de que el cristianismo ha sido históricamente una tradición que consiguió su poder mediante el control de los cuerpos; cuerpos célibes de los sacerdotes, cuerpos de las mujeres para la reproducción, aparte de los cuerpos sexualmente controlados a partir de una idea restringida de la naturaleza y del orden divino, ¿cómo interpretas tu inspiración religiosa para la reivindicación de derechos, específicamente de los derechos sexuales?

AS • Mi ministerio me llama a luchar contra todo tipo de opresión, y, principalmente la de la colonización de los cuerpos. El fundamentalismo religioso enseña que, si nuestros deseos y prácticas sexuales no se ajustan al parámetro bíblico, estamos en pecado. Yo entiendo que el sexo es don de Dios y debe ser ejercido con responsabilidad. El pecado no es el acto sexual, es no prevenirse contra enfermedades de transmisión sexual. En este sentido, entiendo que debemos cuidar nuestro cuerpo, que es el templo de Dios. No podemos luchar contra nuestra naturaleza, reprimiendo quien somos en nombre de una práctica religiosa que ve el sexo como algo a ser combatido. El control y la colonización de los cuerpos aun es la mayor forma de manipulación que la iglesia ejerce sobre las personas, ya que nuestras orientaciones sexuales e identidades de género también atraviesan esa realidad. Ser LGBTI+ y vivir conforme a la fluidez que emana de nuestra percepción humana es lo que me mueve a luchar por el derecho a ser de cada ser humano.

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Sur • Este año Brasil criminalizó la homofobia; un tema polémico, especialmente dentro de los espacios religiosos, ya que según algunas visiones contrarias esto compromete la libertad religiosa y de expresión. ¿Consideras esa criminalización un avance en materia de derechos humanos?

AS • Cuando el Tribunal Supremo Federal criminaliza la LGBTfobia, esto nos indica que llegaron nuevos tiempos. Sabemos que la Ley Maria da Penha no impidió que mujeres fuesen asesinadas. Del mismo modo, esta ley tampoco va a impedir que ocurran casos de LGBTfobia, pero las personas van a comenzar a pensárselo dos veces antes de asumir ciertas prácticas. Está claro que va a tener que pasar un tiempo antes de que la sociedad entienda que es un crimen, que ahora podemos recurrir a instancias superiores para defendernos. La Iglesia siempre luchó para que la LGBTfobia fuese criminalizada, porque entendemos que el Estado tiene que respaldar a estas personas, que el Estado tiene que garantizar que las personas puedan ir y venir, que puedan tener el derecho de existir. Así pues, criminalizar es un avance, si bien tenemos que crear políticas públicas para que se cumpla la ley, para que las personas entiendan que todo odio, toda violencia cometida contra gays, lesbianas, travestis, hombres trans y mujeres trans ahora es punible.

Sur • La educación es una pauta importante de su trabajo, sea como pastora y educadora en el trabajo comunitario, sea como madre en el entorno familiar. ¿Cómo te imaginas una educación para la democracia y el respeto a las diferencias en el Brasil actual? ¿Cómo podría contribuir la religión en este sentido?

AS • Soy profesora del sistema público de enseñanza desde hace poco más de 15 años. En mis clases, por ejemplo, dentro de la escuela, intento siempre aprovechar las oportunidades de conflicto entre los alumnos, aquellos momentos de tensión, para enseñar algo que no está en los libros, que no está en los apuntes. Qué es ciudadanía sino respeto al diferente y que somos seres humanos y, por ser seres humanos dotados de una conciencia, debemos respetar al otro. Como pastor intento enseñar a las personas que lo diferente no es una amenaza, porque las personas entienden que todo aquello que no es propio de su vocabulario, que no es propio de su realidad, debe ser visto como una amenaza y, por eso, combatido. No, los seres humanos no deben guerrear unos contra otros. Por ningún motivo. Todas las grandes guerras del mundo fueron causados por el orgullo, por la prepotencia, por el deseo de dominar culturas y pueblos. El cristianismo tiene una larga lista de invasiones en las cuales pueblos fueron arrasados, personas consideradas brujas fueron quemadas, tribus indígenas enteras fueron saqueadas y quemadas, imperios fueron derribados en nombre de un Dios que parece que solo sabe guerrear. Ese Dios del Antiguo Testamento existió realmente. Pero, él también existe realmente cuando sonríe bellamente en Jesús comunicando el amor, comunicando la acogida al que es diferente. Yo, en verdad, no veo a nadie como diferente; el diferente para mí es una invitación a conocer algo que no sabía que existía. Y cuando conozco ese algo, veo que no tengo nada de diferente. Así que para mí, Dios habita los terreros de candomblé, Dios habita el templo budista, Dios habita el templo católico, Dios habita el templo evangélico. Y tantas otras formas de fe. Dios tiene colores, sabores, aromas, paladares distintos. Si en ese espectro, no está incluido lo que es propio para mí, es porque Dios me llama a reconocer más su presencia en otros lugares. Entonces, ese Dios que mata y guerrea no puede ser el Dios de amor que nace en Jesús. No puede ser. Ese es el Dios de Bolsonaro, ese es el Dios de la bancada de la Biblia en Brasilia. Es contra ese Dios que mata que luchamos y resistimos.

Original en Portugués. Traducido por Sebastián Porrúa.