Entrevista

Adolfo Pérez Esquivel: ”El trabajo que hacemos es de solidaridad”

Entrevista con Adolfo Pérez Esquivel

Eduardo Amorim

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Por Leonardo Félix

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Referente indispensable para muchas generaciones cuando se trata de defensa de los Derechos Humanos y promoción de una vida digna y plena, Adolfo Pérez Esquivel es ciertamente una vida iluminada por una rica espiritualidad, cuya esperanza le permite ver con valentía lo que aún no sucede, como quien anticipa los próximos pasos del baile de un futuro incierto. Esa es parte de la labor profética que Don Adolfo P. Esquivel sostiene desde hace muchas décadas como titular del SERPAJ (Servicio Paz y Justicia) en Argentina.

En su pequeña oficina en el edificio del Servicio Paz y Justicia en el mítico barrio de San Telmo en Buenos Aires, Adolfo nos recibe con sonrisa amplia, pasos ligeros y manos firmes en el saludo y abrazo; como quien hace de cuenta que sus 90 años de vida son un dato más que se pierde en medio de testimonios vívidos que huelen un poco a nostalgia porteña, y otro poco a sueños aún por parirse.

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Leonardo Félix • ¿Quién es Adolfo Pérez Esquivel en 2019?
Adolfo Pérez Esquivel • Un ser humano que sigue luchando por el prójimo, solamente eso, que ya es bastante.

LF • Usted tiene una amplia trayectoria de lucha por Derechos Humanos en el continente. Esto le ha significado varios premios y reconocimientos, entre ellos un Nobel de la Paz (1980) en un periodo muy turbulento de nuestra historia reciente.
APE • En primer lugar no hay que buscar premios, ningún tipo de ellos. El trabajo que hacemos es de solidaridad. Yo lo hago desde la fe, desde el compromiso social, cultural, político no partidario, tratando de compartir dos cosas: el pan que alimenta el cuerpo y el pan que alimenta el espíritu. Y la libertad, no me resigno a la esclavitud.

LF • Esto tiene que ver con algo que queremos preguntarle y es ¿de qué manera su fe y su vínculo religioso contribuyeron con su compromiso en defensa de la democracia?
APE • Siempre he creído que el Evangelio no es una lectura más sino una condición de la vida y uno la asume, y trata de ponerla en práctica. El vínculo entre mi fe y la democracia es fundamental, es la base que me sostiene.

LF • ¿Dónde nace su fe, Adolfo?
APE • Yo nací en el mítico barrio de San Telmo, muy cerca de otro mítico barrio porteño, de La Boca. Provengo de un conventillo donde mi padre era pescador inmigrante y mi madre era hija de una indígena guaraní de la provincia de Corrientes11. Parte de la Mesopotamia Argentina junto con las provincias de Misiones y Entre Ríos. y toda esta zona estaba llena de inmigrantes y antiguos esclavos; nuestros compañeros de juegos en la infancia eran otros inmigrantes y los negros descendientes de esclavos.

Yo me crié con los franciscanos en el Colegio San Francisco. Cuando mi madre muere, voy a parar a un asilo para niños huérfanos, y ahí estuve con las monjas carmelitas en el Patronato Español hasta los 10 años de edad. Siempre traté de ver y descubrir quién era y quién es Dios para mi vida.

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LF • ¿Su deseo de saber quién es Dios en su vida tiene relación con “la no violencia” como una bandera que usted continúa defendiendo?

APE • Cuando yo era niño vendía periódicos en las esquinas de mi barrio para ganar mi sustento. Yo me iba en tranvía hasta la Plaza de Mayo22. Lugar donde se encuentra la Casa Rosada o casa de gobierno de la República Argentina. y allí había un señor que vendía libros usados. Un día me dijo, “toma pibe, tengo dos libros, uno te lo regalo y el otro me lo pagas cuando puedas”. El libro de regalo era la autobiografía de Mahatma Ghandi Historia de mi experiencia con la verdad y el que me dio para pagar cuando pudiese era La montaña de los siete círculos de Thomas Merton, amigo de Ghandi. Luego me enamoré de los Evangelios, del sermón del Monte, donde está claramente la no violencia declarada. Frases como “ama a tu prójimo como a ti mismo” me impactaban. Y, por supuesto, lo que leí de Ghandi me impactó profundamente, esta idea de que todas las religiones tienen en común el amor y el respeto por el ser humano sigue siendo válida en mi vida, así como la no violencia como modo de reivindicación y defensa de la vida.

También tuve vivencias muy fuertes. A mí me detienen el 4 de abril de 1977, el primer día de la semana santa ese año. Yo no creo en las casualidades: en 1968 en esa misma fecha fue asesinado Martin Luther King (el pastor bautista de los Estados Unidos); así, yo fui detenido en un día muy especial.

En medio de los olores fuertes y nauseabundos de mi pequeñísima prisión, donde tenía que gritar un largo rato para que me dejasen salir e ir al baño, descubro escrito en la pared “Dios no mata”. Esas palabras, escritas por un prisionero o prisionera que solo conocí espiritualmente, me quedaron grabadas en la mente para siempre.

Ahí estoy 32 días y me llevan a uno de los vuelos de la muerte33. Se llamaba “vuelos de la muerte” a la práctica de las fuerzas armadas en Argentina de llevar en avión a las víctimas de torturas y detenciones ilegales y tirarlas drogadas y semiinconscientes a gran altura al río de la Plata. Para Pérez Esquivel esto sucede un 5 de mayo de 1977. encadenado al asiento de atrás del avión. Como buen navegante que soy, reconozco el recorrido que vamos siguiendo y dando vueltas desde el río Luján, la isla Martín García y vislumbrando al fondo Montevideo (Uruguay). No lograron tirarme del avión finalmente gracias a la enorme solidaridad internacional y la campaña que desde Europa y otros lugares se hacía para mi liberación.

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LF • Cuéntenos un poco sobre el Servicio Paz y Justicia en América Latina (SERPAJ) ¿Qué es? ¿Cómo surgió esta organización y cuál es su importancia e impacto regional?

APE • El SERPAJ nace ecuménicamente. Gente de la iglesia metodista en Argentina, como los obispos metodistas Federico Pagura, Carlos Gattinoni, Aldo Etchegoyen, y católicos brasileños como Don Hélder Câmara, Antonio Fragoso y el obispo de Riobamba Leonidas Proaño (el obispo de los indios), hicieron posible esto. Con ellos detrás, asumo la responsabilidad de liderar este movimiento que se venía gestando hacía años con Federico Pagura en Mendoza, donde ya a principios de los años 70 atendíamos a los refugiados que venían de Chile y pudimos crear el CAREF.44. CAREF es la Comisión Argentina para los Refugiados y Migrantes, creada en 1973 en Argentina para atender en principio la gran cantidad de refugiados y refugiadas chilenos que venían huyendo de la dictadura de Augusto Pinochet. En 1974 me hice cargo de articular esta experiencia a nivel continental.

Creo que este trabajo del SERPAJ es un trabajo de redes. Saber que el problema que se vive en algún lugar es un problema para todos y todas es nuestra fuerza. El aislamiento de los grupos vulnerables genera el peligro de su muerte y por eso, más allá de las peculiaridades de cada SERPAJ en el continente, la defensa activa de los Derechos Humanos desde la no violencia es nuestra marca distintiva.

LF • ¿Cuál fue el papel más importante o significativo de la Teología de la Liberación en América Latina?
APE • La Teología de la Liberación tuvo un gran impacto en el continente. Desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) y La II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Medellín (1968), muchas comunidades católicas vuelven a las villas o favelas y redescubren el espacio liberador de Dios junto al pobre, sus luchas y sueños. Como dice Gustavo Gutiérrez, teólogo católico peruano, la Teología de la Liberación se trata de “volver a beber de las fuentes de agua viva”.

LF • En su opinión, ¿cuál debería ser la función de la religión en el espacio público y cuál es el desafío más grande que tienen las religiones hoy frente a una situación global de conservadurismos y fundamentalismos?
APE • Primero hago un breve análisis. Para frenar el avance de la Teología de la Liberación, Reagan crea el “Instituto de Religión y Democracia” durante su gobierno. De ahí surge gran parte de estos movimientos fundamentalistas, con una religión alienante, individualista, no comunitaria. Diferente de lo que hace el testimonio público de Jesús, que crea comunidad a partir de sus apóstoles. Y hago la salvedad de que, en medio de tanto apóstol varón, se olvidaron de una apóstol fundamental como es María Magdalena y de las demás mujeres, aquellas a las cuales se les presenta resucitado Jesús.

LF • ¿Usted cree que entre el papel público de la religión y los colectivos feministas en América Latina hay un vínculo que es necesario redescubrir?

APE • En este momento el movimiento de mujeres representa una lucha no violenta que cambia la sociedad de manera radical, así como los ríos impetuosos que se desbordan y transforman la realidad. Es una de las grandes esperanzas de transformación de nuestra realidad social y política.

LF • Desde su experiencia, ¿qué consejo les daría a los defensores y defensoras de Derechos Humanos hoy?

APE • Una cosa muy simple: que no dejen de sonreírle a la vida. El día que dejen de sonreír es que las vencieron, los vencieron. La resistencia social también es cultural en el sentido de saber que no estamos acá inútilmente para sobrevivir. Estamos acá para aprender a vivir. Con la Madre Teresa de Calcuta me di cuenta que el amor es la gran revolución y que los movimientos de mujeres tienen mucho de esto. Lo cual celebro y me llena de esperanza hacia lo que vendrá.

Fotos de Gabriela Felix

Recibido en Junio de 2019

Original en Español.