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“Quienes acabarán con la guerra serán las mujeres”

Christine Ahn

Activista surcoreana organiza miles de mujeres de Corea del Norte y del Sur en actos por la paz

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Por Luiza Bodenmüller

Fue un sueño lo que inició todo. Despierta por un episodio de insomnio, Christine Ahn leyó un reportaje sobre las inundaciones del Río Imjin, que atraviesa la península coreana corriendo de norte a sur. El gobierno norcoreano, temiendo pérdidas en las plantaciones, decidió abrir las compuertas para dejar fluir el exceso de agua sin avisar a los vecinos surcoreanos. El resultado fue un torrente en la parte baja del río que causó la muerte de varias personas, incluyendo un padre y un hijo que allí pescaban. Impactada por esa historia, la surcoreana y menor entre diez hermanos tuvo un sueño visionario. En él, Christine esperaba por auxilio a orillas del mismo río. Mientras amanecía, una fuente de luz dispersa recorría el río e iluminaba a todos los que estaban allí, mostrando escenas felices y el reencuentro de familias separadas por la frontera. En el sueño, Christine era solo una espectadora. Curiosa por saber de donde venía la claridad, caminó río arriba: “Fue cuando llegué a la fuente de luz, que era un círculo de mujeres. Ellas estaban mezclando algo en una cacerola muy grande y después lo recogían con una cuchara y lo ponían en pequeños potes que se transformaba en la luz que bajaba por el río”, recuerda.

Christine se despertó de un sobresalto y le dijo a su marido: “Yo sé lo que va a terminar con la guerra en Corea: las mujeres”. Y escuchó como respuesta: “Ok, estás loca, vuelve a dormir”. Eso fue en 2009 y desde entonces Ahn se dedica a entender el contexto de la lucha de las mujeres en las dos Coreas y cómo ellas podrían contribuir para el proceso de construcción de paz. Mirando hacia el pasado, ella descubrió que el primer encuentro entre mujeres norcoreanas y surcoreanas, luego de la división de la península en 1948, ocurrió recién en 1991, mediado por una parlamentaria japonesa. Llamada a hacer algo, la activista se deparó con una noticia en 2013 sobre la travesía de cinco neozelandeses por la Zona Desmilitarizada de Corea (DMZ, por sus siglas en inglés), una estrecha franja de territorio demarcada en 1953 que separa a los dos países y que está controlada por tropas americanas, bajo la tutela de la Organización de las Naciones Unidas. “Cuando vi eso, supe que las mujeres podrían hacer lo mismo pidiendo por la paz y por el fin de la guerra”, explica Ahn.
Fue entonces que Christine comenzó a movilizar personas en búsqueda de apoyo para concretar la travesía. A través de su ONG, Women Cross DMZ, la propuesta obtuvo adhesiones de peso como la de la feminista estadounidense Gloria Steinem; de Leymah Gbowee, activista liberiana, galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 2011; y de Mairead Maguire, de Irlanda del Norte, también galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1976. Juntas, ellas vieron crecer al grupo y vieron cómo la idea tomaba forma, hasta que, en mayo de 2015, 30 mujeres de 15 nacionalidades viajaron hasta Corea, donde se juntaron con otras miles, en ambos lados de la frontera, para pedir por el fin de la guerra y por la instauración de la paz de manera definitiva, por medio de un Acuerdo de Paz. La idea inicial era atravesar la DMZ con una caminata pacífica, promoviendo el encuentro entre mujeres separadas por límites que no les pertenecen necesariamente. La iniciativa, sin embargo, fue frenada a último momento, aun con autorización de los gobiernos de las dos Coreas. Alegando “motivos de seguridad”, los militares que controlan la DMZ impidieron la caminata y el recorrido fue realizado a bordo de un autobús. “Ellos dijeron que era peligroso, pero nosotras queríamos caminar por el mismo camino por el que pasó el autobús”, explica Christine.

El hecho atrajo a la prensa internacional hacia la causa y la movilización no se detuvo. En 2016, hubo un nuevo intento de reunir norcoreanas y surcoreanas, esta vez en Bali. El encuentro no avanzó porque el gobierno surcoreano prohibió cualquier interacción con civiles norcoreanos, luego que el dictador Kim Jong-un realizara pruebas con armas nucleares en septiembre de este año. El imprevisto no debilitó la lucha. A fines del mismo mes, mujeres de 38 países firmaron una carta destinada al secretario general de la ONU, el surcoreano Ban Ki-Moon, quien había declarado en 2007: “Más allá de una resolución pacífica para la cuestión nuclear con Corea del Norte, debemos enfocarnos en establecer un mecanismo de paz, a través de la transición del armisticio a un régimen permanente de paz”. El grupo vio a Ban como un blanco estratégico para la acción porque, a pesar de estar despidiéndose del cargo más alto de la ONU, se especula que disputará la presidencia de su país, por el Partido Conservador. La carta aún no fue respondida.

Pero no todas las ideas feministas de Christine son puestas en práctica con cobertura mediática. En realidad, su mayor desafío es cotidiano y está dentro de casa: la crianza de su hija de 4 años. La activista cree que la lucha por más igualdad de derechos entre mujeres y hombres comienza en el hogar y pasa por una formación que sea más “neutra” en relación al género. Ella recuerda presenciar una discusión entre su hija y un amigo. La conversación era simple entre los niños: a los niños le gustan los trenes y coches, las niñas quieren ser princesas. Christine aprovechó para cuestionarlos sobre el por qué, y les explicó que los intereses de ambos pueden ser comunes y aprovechó para dar un ejemplo práctico de cómo la diferencia entre géneros se expresa en la vida cotidiana: “Miré a mi hija y le dije ‘si tú y tu amigo hicieran el mismo trabajo, como por ejemplo tender la cama, él va a recibir diez dólares por eso, y tú solo vas a ganar siete’”, cuenta.

La surcoreana rechaza la idea del sentido común de que las “mujeres feministas quieren ser como los hombres”. Para ella, si así fuera, habría un proceso de ‘deshumanización’ de las mujeres. Ella desarrolló tal percepción a partir del contacto con feministas surcoreanas, para quienes los orígenes de una sociedad masculinizada y patriarcal están directamente relacionadas al proceso de militarización. En Corea del Sur, el servicio militar es obligatorio para los muchachos que tienen 18 años, so pena de prisión y, según Christine, “esos jóvenes son entrenados para ser más violentos, más agresivos, más combativos; ellos se tornan deshumanizados”. Según ella, eso impacta directamente en el alto índice de violencia doméstica en el país y en la naturalización de que el papel de la mujer debe ser de sumisión.

Aun así, ella cree que los tiempos actuales son interesantes porque, incluso teniendo una mujer en la Presidencia (Park Geun-hye asumió el poder en 2013), las mujeres han sufrido un “deterioro” de derechos, pero han reaccionado. Christine recuerda que recientemente hubo una protesta de trabajadoras sexuales que fueron a las calles vestidas de chamanes pidiendo más derechos, y comenta que la ocupación del espacio público, de esta forma, realizada por mujeres, es novedosa. Otro ejemplo fue una manifestación contra la instalación de un sistema de defensa anti-misiles en el cual la línea de frente estaba compuesta por monjas y religiosas. Christine comenta también sobre el estreno de una película, un thriller lésbico, que habla de la lucha de dos jóvenes mujeres surcoreanas contra el patriarcado y resalta: “Hace diez años no sería posible pensar en el estreno de una película como esta”.

Sea dentro de casa o en las calles, Christine cree que el fortalecimiento del movimiento feminista, especialmente surcoreano, pasa también por la adopción de un lenguaje que no sea excluyente, pero que sea accesible y permita la participación de todas. La activista también critica la “jerarquización” del feminismo, que puede llegar a valorizar a las mujeres que están en la cima o que se volvieron famosas gracias a su lucha, por creer que ese comportamiento reproduce una dinámica patriarcal en la sociedad, cuando, en realidad, el movimiento debería ser más empático y mirar a las mujeres de una forma más igualitaria.

El hecho es que, de a poco, Christine ve iniciativas que le hacen recordar el sueño que dio origen a todo y eso se vuelve combustible para continuar en la lucha. Sea atravesando el DMZ con decenas de mujeres o fomentando el interés de su hija por “cosas de varones”, Christine defiende que el cambio de la sociedad patriarcal hacia una sociedad en la cual las mujeres tengan más espacio y derechos, pasa por la visibilidad del debate. Eso genera una reacción en cadena a través de la cual otras mujeres se inspiran, adhieren a la lucha y el protagonismo deja de ser meramente onírico, como lo que experimentó Christine, y pasa a ser también real.

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