Perfil

“No separo la lucha de mi espiritualidad”

Beata Tsosie Peña

Andreas Hafenscher

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Por Maryuri Mora Grisales

Beata Tsosie Peña es una mujer indígena de ascendencia mixta, de Santa Clara Pueblo y El Rito, en Nuevo México. La tranquilidad con la que habla contrasta con las duras realidades que enfrenta en su comunidad. Según ella misma cuenta, desde la década de 1940 el gobierno de los Estados Unidos ocupó una parte importante de las tierras sagradas de los Tewa (pueblo), localizadas cerca del Rio Grande en Nuevo México, para realizar pruebas atómicas, biológicas, químicas y de armas y producir pozos de plutonio para mantener la reserva de armas nucleares.

El laboratorio de los Álamos – laboratorio federal que pertenece al Departamento de Energía de los Estados Unidos (DOE) y es gestionado por la Universidad de California, es una de las mayores instituciones científicas multidisciplinares del país – produce piezas para armas nucleares, “escuchamos las explosiones porque realizan pruebas al aire libre y eliminaciones de explosivos de alta potencia, que contaminan el aire, el suelo y el agua que utilizamos para la agricultura” afirma.

La actividad nuclear en los Álamos afecta directamente a las comunidades que viven ahí, principalmente por tratarse de grupos que viven de la agricultura y dependen de agua, aire y tierra libre de contaminación para su sobrevivencia. Como ella afirma, “hemos vivido aqui durante miles de años. Nuestro rol es ser protectores y protectoras de ese lugar, de la tierra, el agua, los animales, y de toda la naturaleza”. Se trata de un espacio sagrado.

Los rituales y ceremonias de estas comunidades también dependen del agua. Así que la contaminación y el deterioro de la tierra para fines armamentistas afectan la vida en su totalidad, de la manera en que grupos originarios la entienden. Es lo que Beata denomina “racismo ambiental”, cuando los efectos negativos de grandes actividades económicas o bélicas (como en este caso específico) afectan ambientalmente a grupos geográficamente localizados y particularmente vulnerables como son las comunidades de color y pobres en los Estados Unidos.

Para Beata, estas comunidades están experimentando nuevos procesos de colonización, “Fuimos colonizados y seguimos siendo colonizados, una y otra vez. Es una especie de tentativa de genocidio de la población indígena y de la destrucción de la historia que comparten con otras comunidades”.

Fue a partir de esta realidad que Beata se unió a TEWA Women United (TWU), o “wi don gi mu” que en lengua Tewa significa “somos uno en mente, cuerpo y espíritu”. TWU es un colectivo inter-tribal, que desde 1989 proporciona un espacio seguro de empoderamiento para mujeres indígenas que buscan justicia para sus comunidades y familias.

Beata comenzó trabajando con un grupo focal sobre los Álamos y hoy es la coordinadora de uno de los cuatro programas de TWU, el Programa de Salud y Justicia ambiental. En este programa, el objetivo es aumentar la concientización local sobre cuestiones ambientales, apoyar la creación de redes entre personas afectadas por la contaminación industrial y principalmente promover el compromiso y la participación comunitaria. El programa de justicia ambiental construye un fuerte activismo local e internacional que busca detener la proliferación nuclear y defender, como ellas afirman: “los derechos humanos y los derechos de la Madre Tierra”11. Ver http://tewawomenunited.org/programs/environmental-justice-program/..

“Nuestra visión indígena es acabar con todo tipo de violencia contra mujeres nativas, las niñas y la tierra madre” afirma Beata mientras explica la relación entre justicia ambiental y justicia reproductiva. La relación entre el cuidado de la tierra y el cuidado y respeto por los cuerpos de las mujeres es central para TWU, de ahí que una de sus preocupaciones sea la de educar a la comunidad buscando fortalecer su voz y liderazgo, así como concientizar y empoderar sobre la soberanía alimentaria y de semillas y la salud sexual y reproductiva. Ese es parte del trabajo pedagógico que Beata realiza directamente en su comunidad.

Beata se basa en la filosofía de: “the women are the first enviromental” – las mujeres son el primer medioambiente – una conocida frase de Katsi Cook (anciana y partera Mohawk) en la cual se destaca la conexión vital entre la tierra y las mujeres en su potencial generador de vida. Luchar por justicia ambiental desde TWU consiste principalmente en educar a los jóvenes y reconocer la sabiduría ancestral de las ancianas en la defensa de la soberanía nativa, el cuidado de los ecosistemas, la sabiduría inter-generacional y un modo Tewa de conocer y ser.

TWU también junta esfuerzos al de otros grupos que en la región resisten al impacto negativo de las actividades del laboratorio de los Álamos (LANL). Beata menciona específicamente dos: el primero, Las Mujeres Hablan (The Women Speak) que es una red dirigida por mujeres en el norte de Nuevo México, un grupo activistas locales y ONG que defienden sus tierras de la industria de armas nucleares, mientras trabajan por la preservación cultural. Y el otro grupo es Comunidades por Agua LimpiaCommunities for Clean Water (CCW) una coalición que trabaja para garantizar que las aguas que son afectadas por los desechos tóxicos sean seguras para el consumo, la agricultura y las ceremonias sagradas de las comunidades tribales circundantes a la cuenca del Río Grande. Esta última siendo la única coalición local que está monitoreando amenazas tóxicas e intentando conducir cambios de políticas públicas.

Este trabajo conjunto fortalece la resistencia a las constantes amenazas que personas localizadas en “zonas de sacrificio” sufren en los Estados Unidos. Zonas de sacrificio son lugares que concentran industrias altamente contaminantes, con graves impactos humanos y ambientales que resultan, principalmente, del depósito de basura tóxica y que son, no casualmente, habitadas por comunidades vulnerables, marcadas por desigualdad social y racial.

El objetivo final de estas articulaciones es ampliar la voz de estas comunidades y potenciar la acción colectiva para detener la contaminación de sus tierras sagradas. Pero como afirma Beata, se trata de una lucha muy difícil, porque el Estado realmente no escucha. Y porque el trabajo de defensa del agua y del ambiente limpio tropieza directamente con rígidas políticas de seguridad nacional y con los intereses económicos de grandes empresas.

Sin embargo, el compromiso de Beata es con la vida en su totalidad, tal como la entiende desde su tradición. Por eso cuando fue cuestionada sobre el papel de la religión en el trabajo de justicia ambiental, ella respondió: “En mi trabajo no separo la lucha de mi espiritualidad” Porque también “existe un impacto espiritual y mental de los abusos de esas empresas que producen armas”. Contaminar el agua y la tierra sagrada de estas comunidades es atacar directamente la posibilidad de sobrevivencia, incluyendo su espiritualidad, es decir, todo en lo que ellos creen.

“Somos realmente holísticos en nuestra espiritualidad, afirmó. No hay separación. La violencia contra la Tierra es violencia contra los cuerpos de las personas. Sólo podemos hacer este trabajo con la fuerza de nuestra energía amorosa enraizada en el espíritu, con mi conexión a la Tierra y a las madres del maíz”. Por eso es importante el trabajo con las plantas, con la salud y la sabiduría de las ancianas, porque es una forma de usar la energía para el bien. Detener el uso violento de la energía interna de la Madre Tierra es una forma de oponerse a la cultura de la violencia, de resistir la glorificación de la guerra, herencia del colonialismo y buscar formas de crear cultura de paz, de reconciliación y de sanación para la Madre Tierra”.

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